Martin, Martin, Martin, eres un cachondillo, ¿verdad?
Tú has ido a uno de esos restaurantes modernos y has visto que a una ensalada de toda la vida de Dios la llaman "tomate ruborizado con cebolla emocional en lecho de floresta hortícola bañado de líquido oleico del Mediterráneo en temporada estival", y te has dicho: "Pues nada, yo voy a escribir un libro de filosofía en este plan, que el rococó parezca un movimiento minimalista; eso sí, el título cortito, para engañar: "Ser y Tiempo"";
y aquí lo tienes, como obra cumbre del pensamiento del siglo XX.
Vamos, que Descartes era un gili por escribir claro y Platón poco menos que un cuentacuentos inventando diálogos.
Tú, Martin, vas de guay, ¿o qué te pasa?
A ver, por ejemplo, esto:
"El sí-mismo del Dasein cotidiano es el uno-mismo, que nosotros distinguimos del sí-mismo propio, es decir, del sí-mismo asumido expresamente. En cuanto uno-mismo, cada Dasein está disperso en el uno y debe llegar a encontrarse".
¿No hay manera de contarlo de una forma menos enrevesada? ¿En serio que no? Pero para empezar si hay que leerlo en una apnea y al cuarto "mismo" ya no sabe uno si va en la misma línea o ve doble.
Con otros habrás podido, Martin, pero conmigo vas listo. No me venció Kierkegaard -y mira que me hizo sufrir con sus "Migajas filosóficas"-, no me derrotó Schelling, otro emocionado de la vida yendo de trilero con las palabras, ¿y crees que tú vas a poder?
Amigo Heidegger, si Ortega decía verdad cuando afirmaba que la claridad es la cortesía del filósofo tú eres un desconsiderado mayúsculo, pero como tampoco sé qué te daban de comer en la escuela de Messkirch lo voy a pasar por alto y voy a seguir adelante con tu libro de marras.
Eso sí, desde ya te digo que si Sócrates hubiera hablado como tú escribes la ronda de cicuta la pagaba yo.