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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

polizonynaufrago@gmail.com

domingo, 28 de agosto de 2016

Reseña filosófica: "El nombre de la rosa" de Umberto Eco



Hoy "El nombre de la rosa", singular libro de Umberto Eco que tiene más sustancia de la que parece.

Si te quieres enterar ponte cómodo porque aquí va una reseña en condiciones.

¡Bienvenidos a bordo polizones!

miércoles, 24 de agosto de 2016

"El hombre en busca de sentido", un libro vital de Viktor Frankl



Os ofrezco la reseña de un libro extraordinario, de esos que nos hacen crecer como persona. Me refiero a "El hombre en busca de sentido", escrito por Viktor Frankl.

Frankl fue un psiquiatra austriaco que por su condición de judío fue a parar a varios campos de concentración, entre otros Auschwich y Dachau. Perdió a toda su familia y aprendió importantes lecciones de la vida que nos ofrece en esta obra.

¡Bienvenidos a un nuevo vídeo de Filosofía para náufragos!

domingo, 21 de agosto de 2016

"San Manuel Bueno, mártir" de Miguel de Unamuno. ¿Algo que declarar?



"San Manuel Bueno, mártir", una de las grandes (pequeñas) obras de don Miguel de Unamuno.

Hoy la traemos a nuestra isla de náufragos para descubrir algunos de sus secretos.

¡Bienvenidos a bordo!

lunes, 15 de agosto de 2016

La doble derrota de un judoca egipcio



Entre las noticias que estos días nos han llegado de las olimpiadas hay una sobre la que quiera detenerme. Me refiero a la negativa por parte de un judoca egipcio a devolver el saludo a su rival israelí una vez concluido el combate.

Antes de nada diré que me parece bueno que sea noticia. Ello da cuenta de su excepcionalidad, de su carácter infrecuente, anómalo. Personalmente me resultaría más inquietante que acaparase titulares el hecho de que dos competidores de países, razas, religiones o ideologías diferentes se saludaran. Por fortuna el saludo y el respeto se tienen por normales, es lo que se espera que hagan.

Con todo, no dejo de lamentar que el judoca egipcio haya resultado doblemente derrotado.

La primera pérdida se ha producido en una lucha limpia sobre el tatami. Ello no le ha menoscabado en absoluto, al contrario, ha sido un combate limpio, en igualdad de condiciones, ajustado a normas, honorable. Él ha perdido, su contrincante ha sido mejor, ya sólo cabe el reconocimiento y encajar con serenidad la derrota: "No te vuelvas engreído por la victoria, o roto por la derrota", decía Jirogo Kano, fundador de este noble arte. La meta última es superarse, no de prevalecer frente al contrario; sobreponerse a las propias deficiencias para ser más. El judo no es más que un camino (ju-do: el camino de la suavidad).

La segunda derrota es más negra, deslustrada, triste. Es la derrota frente a uno mismo, frente a los prejuicios, los miedos, los odios. El sectarismo gana, yo pierdo. Se inflaman los egos estrujándose dolorosamente contra la realidad. Aunque no soy más lo proclamo ridículamente. "No mereces mi saludo, sólo mi desprecio. Soy superior a ti". ¿A qué has venido entonces? ¿Por qué has estado dispuesto a medirte con el otro, quien por cierto te ha vencido?

Estoy convencido de que el judoca egipcio en el fondo de su ser es consciente de su actitud mezquina, de su rebajamiento. Dudo que en ese cara a cara que cada uno tenemos con el fondo insobornable de nuestra conciencia no vea como una oportunidad perdida la posibilidad de devolver el saludo al oponente que le ayudó a medirse, a superarse, a esforzarse por ser más.

"El judo no debe ser revestido con una etiqueta nacional, racial, política, personal, sectaria", decía Jirogo Kano.

Siempre cabe el arrepentimiento, la rectificación. Convertir la derrota en victoria aprendiendo de los propios errores. Ahí tiene un reto de altura el judoca egipcio. Le deseo suerte. Ojalá esta vez salga victorioso.

miércoles, 10 de agosto de 2016

El vídeo más personal




Un balance personal. Una confesión. Una valoración. Llámese como se quiera. Aquí van unas reflexiones de un servidor.

martes, 9 de agosto de 2016

Pequeñeces

Más de una vez he pensado sobre cómo pudo ser, por ejemplo, la invasión musulmana de la Península Ibérica. Una guerra civil por la corona y la mayor parte del territorio en sus quehaceres cotidianos. Un ejército que atraviesa el estrecho para apoyar a uno de los bandos, y, finalmente, siete siglos de Islam y una reconquista costosísima que iba a reconfigurar la sociedad entera. ¿Y qué hacía el campesino de turno mientras las huestes de Tariq ibn Ziyad se aprestaban a cambiar la historia de Europa? Pues probablemente mirar al cielo y preocuparse de si iba a haber pedrizo o no.

La historia no da cuenta de si la primavera del 711 fue propicia para la remolacha o no, pero sí de la profunda transformación histórica que supuso la extinción del reino visigodo.

Uno echa un vistazo a la prensa de los años veinte y cae en la cuenta de que los asuntos más destacados de entonces a nosotros nos resultan irrelevantes. En esos momentos se está produciendo el ascenso de Hitler, la implantación del fascismo, la brutal obra de ingeniería social soviética, pero en los periódicos se habla de las comidillas políticas y los chismes sociales que hoy poco o nada nos dicen.

Ahora mismo en España estamos en una interinidad política a la espera de que se decidan a formar gobierno; y ahí están en juego las pequeñas mediocridades de sus insignificantes protagonistas que sienten el peso de salir en los periódicos. Y mientras esto sucede (o deja de suceder) la Historia, imparable, avanza a pasos de gigante.

Por lo visto este año está siendo bueno para la remolacha, de lo demás, ya se verá. Seguro que se verá.

viernes, 5 de agosto de 2016

León Kamikaze, trepidante, adictiva y políticamente correcta



Vi la reseña en el canal de Youtube de El coleccionista de mundos. Después, un comentario del autor en una entrevista en ese mismo canal hizo que me picara la curiosidad y acabé por comprármelo. Más adelante explicaré en qué consistía dicho comentario.

“León Kamikaze”, premio Gran Angular 2016, escrito por Álvaro García Hernández.

¿De qué va? Cuenta la historia de León, un chaval conflictivo que se ha pasado la vida dando tumbos entre familias de acogida y que aterriza (o más bien se estrella) en un nuevo instituto. En esa existencia de auto de choque iremos conociendo a los personajes con los que va impactando y la propia evolución de León.

Lo primero que hay que reconocer a la novela es su impredecibilidad. La narración va en zigzag, sorprendiendo a cada paso. Si a esto se suma la extrema brevedad de los capítulos, sobre todo al principio, y un estilo narrativo de impacto que nos arroja una y otra vez en mitad de situaciones y diálogos, el resultado es que acabamos sumergidos en una lectura adictiva que nos impele a seguir adelante.

Está claro que el autor conoce el mundo adolescente y se mueve cómodamente en sus coordenadas. De hecho, por lo que leo, Álvaro García es profesor de secundaria. Y es en ese enfoque adolescente donde siento que resbala el libro, aunque posiblemente esté condicionado por el propio modelo del premio. Trataré de explicarme.

El premio Gran Angular está pensado para obras destinadas al público juvenil. En la entrevista que he mencionado al principio, me llamó la atención que Álvaro García explica cómo se marcó el propósito de ganar este premio y la estrategia que siguió. Primero leyó las últimas obras premiadas. Después destripó sus claves y las puso a funcionar. Si uno consulta en la web de la Editorial SM verá que la novela está etiquetada con varias clasificaciones (familia, interculturalidad, filosofía, derechos humanos, matemáticas, relaciones interpersonales, amistad, amor, empatía).

Efectivamente la novela toca estos y otros temas, pero lo hace desde el discurso dominante, sin sentido verdaderamente crítico (posiblemente de haberlo tenido no habría recibido un premio de esta índole). Ejemplo, León y Lola se enamoran, pero esta relación “amorosa” se mueve a golpe de pulsión sexual, lo que a la postre la despersonaliza y con ella a sus protagonistas. Precisamente cuando no sea posible esa relación meramente erógena será cuando asome algo parecido al amor.

Otra muestra de concesión a lo políticamente correcto: la figura de la lesbiana guay y muy solidaria. Conforme avanzaba en la lectura pensaba que tardaba en aparecer el personaje, y sí, por fin llega en la parte final del libro. ¡Ah, ya está aquí! Oye, ¿qué pasa, es que en una historia no puede haber una persona homosexual desprendida, estupenda, maravillosa? Pues hombre, más bien parece que lo que es imposible es que deje de aparecer, es el mantra de moda reiterado hasta la saciedad. En la novela se trata de un personaje de recurso cuyas inclinaciones sexuales son ajenas a su cometido narrativo, dejando la sensación de que había que pasar este peaje. Sirva de consuelo que a la susodicha la nacionaliza irlandesa, con lo cual su abuelo no murió en la guerra civil ni represaliado por Franco.

Siendo una novela juvenil con elementos moralizadores, no existe, por ejemplo, el contrapunto de un matrimonio venturoso; o son yonquis, o divorciados o camino de estarlo, eso si no están enajenados.

Estas apreciaciones no pretenden ser ni mucho menos una enmienda a la totalidad. Ya he dicho que la historia es original, ágil, muy entretenida, con algún personaje con chispa, como es el caso del tío de León (sí encuentro más discutible la excesiva inflación de personajes descabellados –el padre de Alma, los padres de Liberto, el propio Liberto-, lo que puede restarles fuerza). Además contiene un mensaje de redención a través de la entrega a los demás, aunque a última hora lo apoya en algo tan endeble como el sentido de manada.

En definitiva, una obra ágil que atrapa al lector (adolescente o no), con concesiones al discurso dominante que le sustraen hondura, y que invita a estar atento a nuevas propuestas de Álvaro García Hernández.