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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

lunes, 16 de octubre de 2017

Reseña de libros de C.S. Lewis



A petición de un seguidor del canal Polizón y Náufrago, hoy os presento la reseña de algunos de los libros de C.S. Lewis.

En concreto hablamos de:

1) El gran divorcio
2) Cartas del diablo a su sobrino
3) El diablo propone un brindis
4) Cautivado por la alegría
5) Una pena en observación

Como siempre, espero que disfrutéis y os sea de utilidad.

jueves, 12 de octubre de 2017

Nos la están colando



“- ¿Pesimista? En absoluto, querida mía. ¿Pero qué ha de hacer un centinela sino dar aviso de lo que observa? No hay centinelas pesimistas u optimistas, Prudencia. Hay centinelas despiertos y centinelas dormidos”.
El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín

Durante estos días el gobierno de Cataluña, secundado por parte del parlamento y por una enorme masa de ciudadanos, se ha declarado en rebeldía, primero promoviendo un referéndum ilegal y, finalmente, proclamando la independencia, aunque posponiendo confusamente su puesta en marcha. Se trata de la casi culminación de un plan que venían desarrollando desde hacía tiempo. En todo este proceso la actuación del gobierno de España ha ido siempre a la zaga de los acontecimientos, temeroso de que cualquier gesto pudiera ser interpretado como autoritario y fuera aprovechado por sus rivales políticos para atacarlo. Cuando finalmente se decidió a actuar la bola se había hecho demasiado grande y llegó el choque. Superado por los acontecimientos, tuvo que ser el pueblo (o una nutrida porción de él) el que dio un paso adelante para alzar la voz en las calles frente a aquella deriva. “Aquí lo ha hecho todo el «pueblo» -decía Ortega en La Rebelión de las Masas-, y lo que el «pueblo» no ha podido hacer se ha quedado sin hacer”. Siendo honestos hay que señalar el papel determinante del rey, la autoritas, que con su discurso televisado marcó un punto de inflexión a la situación.

El 11 de octubre el gobierno español, con el respaldo del Partido Socialista y Ciudadanos, ha anunciado ante el parlamento que si no se rectifica aplicará el artículo 155 de la constitución que le faculta para intervenir en las competencias de una comunidad. Toda la atención mediática se ha centrado en esta advertencia –a plazos- que se presenta como mágica.

Sin embargo los medios (que son la guía de nuestra atención) sólo tangencialmente se han fijado en el precio a pagar por ese respaldo político; a saber, la reforma de la constitución. ¿Precisamente ahora, en plena crisis rupturista? Sí, precisamente ahora, y tiene su porqué.

Echemos la vista atrás. En la estrategia diseñada por los separatistas, conseguido el sí del referéndum se establecían diversas vías para alcanzar la independencia (el referéndum siempre fue un instrumento para la secesión, que es su fin último, no nos engañemos). ¿Y cuál era la primera de esas vías? La reforma constitucional. ¡Qué sorprendente coincidencia! ¿Pero cómo lograrla? Establecían dos posibilidades, la que ofrece la propia constitución (artículo 168), o negociar directamente con el Estado (“Puigdemont quiere tratar de tú a tú con el gobierno de Rajoy” ABC digital 12/10/2017).

Es decir, la solución que se ha acabado por adoptar para escapar al apuro inmediato del pulso separatista es ¡seguir su hoja de ruta embarcándonos en un periodo constituyente!

¿Y para qué esa reforma? No es difícil de imaginar. Si no me equivoco –quiera Dios que sí- se pretende levantar el dique que impide cualquier secesión. Artículo 2: «La constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…»

Dentro de nuestra constitución no cabe la escisión de ninguno de los territorios, prima la unidad. Por eso no sólo no es planteable un referéndum regional, sino tampoco general ni cósmico que permita disgregar la nación. ¿Qué hacer pues con la constitución delante si uno se quiere separar? Quebrantarla o alterarla.
Echo mano de La Vanguardia (digital) del 11 de octubre. Cito textualmente:

«“Tenemos que ver las virtudes y los fallos del sistema autonómico y lo haremos en un plazo de seis meses”, ha comentado [Pedro] Sánchez, quien también ha dejado claro que, para aquellos que defienden un referéndum pactado también tienen que llevar a cabo una reforma constitucional para acoger esa vía. Pero “estamos abiertos a reformar la Constitución y a hablar de cómo se quiere quedar Catalunya en España”, ha advertido. En todo caso, el plan de Sánchez también incluye la oportunidad de que el president Puigdemont pueda comparecer en el Congreso y que todos los dirigentes políticos puedan hacer lo mismo».

Pedro Sánchez, que es quien ha puesto como condición de su apoyo al gobierno esta reforma constitucional, manifestaba el pasado verano que España es una «nación de naciones» (?!) Y en esa dialéctica de confusión añadía que, además de España, también serían naciones “al menos” Cataluña, el País Vasco y Galicia.

Se ahonda en el pecado original de la Transición que consistió en introducir el término “nacionalidades”, insinuando que algunas regiones en realidad eran algo más que regiones: nacioncitas.

La verdad es que en España no hubo nación alguna hasta los Reyes Católicos (unidad política y monetaria, política internacional con sistema de embajadores, etc.), pero el discurso nacionalista se ha ido imponiendo y con él la mentira histórica.

Ya advirtió el filósofo don Julián Marías sobre el serio peligro que conllevaba incorporar el concepto de “nacionalidad” a nuestra carta magna. Siendo senador por designación real en el proceso constituyente afirmaba: «Anuncio desde este momento que se crearán graves problemas si se acepta el término “nacionalidades”, con ventaja para nadie (…). Debo decir que mi preocupación principal no afecta a las consecuencias que se van a derivar de esto para la nación española en su conjunto, sino muy particularmente para aquellas de sus partes que hagan uso político de este ambiguo, vago y desorientador término de nacionalidad» (Diario de Sesiones, 25 de septiembre de 1978).

Y ahora miren en qué comunidades es más difícil ejercer la libertad individual, que a la postre es la única real. Dónde es más difícil hacer valer una opinión política no alineada con el nacionalismo, expresarse en español sin ser considerado ciudadano de segunda, escolarizar a un hijo en español, competir en pie de igualdad para acceder a un cargo público o a un concurso público siendo de otra comunidad o de la propia sin dominar la lengua vernácula.

¿Se ha cumplido la profecía? Entiendo que sí. Basta con ver lo que está pasando en Cataluña, supuesta nacionalidad dispuesta a llevar a las últimas consecuencias su condición de tal. El camino recorrido nos ha traído hasta aquí. En cuestión de días han perdido la sede social (y tributaria) de las empresas del IBEX (no digamos la espantada inacabable de otras no tan visibles, pero de todo tamaño y condición). Centenares de personas sacan sus ahorros de la región. La exportación al resto de España ha caído en picado. Con ser todo esto gravísimo, lo es todavía más el quebranto dentro de la sociedad, el enfrentamiento de tantas familias, amigos, socios. La pérdida de la confianza de la sociedad en sus propias instituciones.

Décadas de adoctrinamiento escolar, mediático, discursivo ha dado sus frutos.
El manido artículo 155 todavía no se ha aplicado, sino que se ha dado un plazo a los sediciosos para que “entren en razón”. En dicho plazo se les está ofreciendo un escenario completamente nuevo, el mismo que proponían como prioritario en su estrategia rupturista. Además, cuentan con el apoyo inestimable de las fuerzas llamadas populistas entregadas a la faena de acabar con todo lo que huela a España para imponer su oxímoron: el igualitarismo discriminatorio.

Se da por amortizada la Transición, pero no para enmendar sus errores, lo cual sería saludable, sino, me temo, para llevarlos ahondar en ellos.
Se abrirá la puerta a la ruptura, maquillada de los más estupendos eufemismos y cobijándola bajo el amparo de la ley, ley que ya no contemplará la unidad como un bien en sí mismo que hay que salvaguardar. Ley que de facto acabará con la igualdad de los ciudadanos españoles.

Sólo me cabe una esperanza, los cientos de miles de ciudadanos que sin conocer filosofía política, ni derecho, ni ostentar cargo político alguno salieron a la calle en masa para gritar “¡no estáis solos!” (el reverso luminoso del Nosaltres sols). Queremos seguir juntos. Queremos seguir siendo españoles y estar en casa yendo a Cádiz, Lanzarote, Tarragona o Palencia.


Espero que esa mayoría casi siempre silenciosa no se deje arrastrar por banderías, complejos y egoísmos y  haga valer su voz. De qué hagamos nosotros depende nuestro mañana.


lunes, 9 de octubre de 2017

La lección de un profesor, de un niño y de un padre




Tomo prestada la siguiente anécdota de una persona que acudió a la manifestación de ayer en Barcelona y la hizo pública en su muro de Facebook:

“En un pueblo de Madrid, niños de sexto de primaria preocupados porque no entienden lo que pasa en Cataluña pero ven a sus papás y mamás tristes y serios, preguntan a su profesora por qué no nos quieren los catalanes.

Al recoger a mi hijo de clase, me dice: papá, mi profe me ha dicho que los catalanes no nos odian, que solo hay unos pocos que están confusos porque les han dicho que nosotros les odiamos a ellos, pero que este domingo, vamos a salir a la calle a decirles que les queremos y todo se va a solucionar.

Me siento muy orgulloso de que en este cole de un pueblo de Madrid, no hayan optado por lo fácil que sería decir, nosotros somos los buenos y ellos los malos, y por contra, hayan generado en mi hijo el deseo de concordia, ya que me ha pedido si podíamos ir nosotros también a decir que no les odiamos
”.

Ojalá haya muchos padres, profesores y niños como estos.

No digo más.


jueves, 5 de octubre de 2017

Creo

Ciudadanos españoles. Ha llegado el momento en que irrumpir con la verdad y rasgar la red de falsedades en que estamos envueltos, es una necesidad ineludible, un deber de humanidad y una exigencia de la suprema ley de la salvación de la masa inocente e irresponsable”. Inicio de la alocución de Julián Besteiro en Unión Radio. Madrugada del 5 al 6 de marzo de 1939.




Creo que va siendo hora de contar la verdad y reconocer su sacralidad.

Creo que la verdad nos hace libres y la mentira, a la postre, nos destruye.

Creo que la política educativa no puede estar en manos de ingenieros sociales deseosos de diseñar nuevos países, sexos, historia ficción, o de dar salida a cualquier frustración. El mundo fue creado “bueno”, ¡cuídalo!

Creo que quien miente debería quedar descalificado socialmente.

Creo que hacerse eco de la mentira, propagando bulos que otros crean porque refuerzan nuestras creencias es una bellaquería; si pedimos a los periodistas que contrasten las noticias y sus fuentes deberíamos hacer lo mismo cuando informamos de algo.

Creo que sobre el odio no se edifica absolutamente nada valioso, sólo trae dolor y miseria. Si no nos sentimos capaces superarlo, igual deberíamos pasar más tiempo de rodillas y hablar menos.

Creo que se puede ser republicano (yo fui casi un jacobino) pero no tonto, ni sectario, y si el Jefe del Estado cumple su función, y se moja en vez de decir lindezas hueras, pues habrá que reconocer sus méritos, no dolerse de ellos porque “cuanto más inútil, mejor para mi causa”.



Creo que algunas personas que ocuparon importantes puestos políticos (y no pienso sólo en uno) deberían ser un poco más humildes y, antes de pedir mano dura, hacer examen de conciencia para reconocer que no hicieron las cosas bien cuando trapicheaban con los nacionalistas obteniendo un poder efímero a costa de hipotecar el futuro de la nación (las letras de las hipotecas van venciendo y bien que lo estamos pagando).

Creo que si un amigo lo es de verdad no deja de serlo por discrepar, pero sí por perder el respeto. Por eso, como se dice en La lección de August, “cuando puedas elegir entre tener razón y ser amable, elige ser amable”.

Creo que España es un gran país, y aunque no es perfecto, tampoco aporta mucho pasarse la vida lamentándose de sus miserias. Como dice mi amigo cooperativista y guipuzcoano José Mari Larrañaga, “menos protestas y más propuestas”.

Creo en dime con quién andas y te diré quién eres. Con según qué compañeros de viaje, pocas aventuras, mejor quedarse en casa.

Creo que si un día, Dios no lo quiera, Cataluña se secesionara, España acabaría. Y eso no es bueno porque todavía nos quedan muchas cosas por hacer. Hay que poner entre todos en orden Europa, que está desmadejada y funcionarizada. Hay que ver la forma de que el mundo hispánico, del que formamos parte, vaya levantando cabeza y cooperando cada vez más. Hay que ver qué pasa con nuestros vecinos del sur, que legítimamente quieren participar de nuestro bienestar pero en muchos casos tienen una visión de la vida más angosta que la nuestra. Hay que recuperar la dignidad de la persona, empresa en la que se empeñaron Francisco de Vitoria, Julián Marías y tantos otros.

Y por último, creo que debo parar aquí porque si no esto se va a hacer interminable.


Un saludo.

lunes, 2 de octubre de 2017

La Patria está en peligro




Lo que está pasando en España es muy grave. Nos amenaza uno de los mayores males que puede sufrir cualquier sociedad: la discordia. Decía Julián Marías que la verdad nos hace libres, pero que ello no significa homogéneos. La unanimidad es siempre impuesta a costa de la verdad. “El desacuerdo es muchas veces inevitable. Pero se puede confundir con la discordia. Ésta es la negación de la convivencia, la decisión de no convivir juntos los que discrepen en ciertos puntos en los que el acuerdo no parece posible” (Tratado sobre la convivencia –Editorial Martínez Roca).

Pienso que es un libro de obligada lectura ante las brumas que nos van envolviendo. “Lo que ha sucedido en lo que fue Yugoslavia es simplemente monstruoso y parece inevitable, pero me pregunto si algún pensamiento «a tiempo» hubiera podido evitarlo” –comenta el filósofo ya casi al final.

Lo que está ocurriendo en Cataluña venía fraguándose desde hace mucho, pero se ha mirado para otro lado, cuando no alimentando, creyendo que lo peor nunca llegaría, que a nosotros no nos iba a pasar lo que a otros, y ya está aquí la realidad, golpeando a la puerta; con las letras vencidas en la mano dispuesta a reclamar lo suyo.

Ha habido grupos alimentando la discordia, el odio, el ombliguismo, la mentira más descarnada, la irresponsabilidad, con impunidad, con arrogancia, con la complicidad de no pocos oportunistas, arrastrando en la medida de sus posibilidades a una parte de la sociedad hacia su sectarismo. Y hay que reconocer que sus esfuerzos se han ido coronando con no pocos “éxitos”, si se puede llamar así a una involución histórica. Desde otros pagos se ha mercadeado con todo ello por el más mediocre oportunismo.

Ahora todo se resquebraja, y la tentación es responder a la discordia con la discordia: “¡hagámosles boicot!”, gritan algunas voces. “No compres productos catalanes” (como si fuera tan fácil sobrevivir sin la crema catalana y el fuet de Can Durán).

Y entre tanto ruido, cruce de acusaciones y propaganda cuesta oír la voz clarificadora, valiente, sensata, veraz, como la de don Julián Marías, a quien tanto se echa de menos en momentos como éste.

Al acabar la guerra civil Marías escribió varias cartas a su maestro Ortega, pero no recibía respuesta, ya que el padre de la razón vital entendía que en circunstancias tan extremas las palabras del intelectual en vez de clarificar contribuyen a incrementar la confusión, los malentendidos. Sin embargo Marías, que raramente hacía algún reproche a don José, sí discrepó en este punto, preguntándose si los silencios no podían ser también malinterpretados.

Finalmente Ortega rompió su silencio, y en carta escrita desde su exilio lusitano le dijo a Marías: «Es usted el único que ha acertado en la táctica para estos tiempos: hacer, hacer, hacer…»

Hay que hacer, y no hacer cualquier cosa, sino lo que hay que hacer. Unos callarán, otros huirán, los habrá que griten, se lamenten, saqueen, engañen, se peleen, amenacen. Pero nada de ello es fecundo. Hay que hacer cosas valiosas, que enriquezcan, que saquen a la luz, “salvaciones”, las llamaba Ortega en sus insuperables Meditaciones del Quijote.

Muy recientemente he leído un comentario de don Gregorio Luri (otro sabio, ¡vivo y vigoroso, a Dios gracias!) que me parece en este sentido especialmente orientador: «En estos momentos quien no tenga una palabra que contribuya a la reconciliación, debería mantenerse mudo».

Me parece que sintetiza a la perfección nuestro actual quehacer. (Y conste que con algún planteamiento de don Gregorio sobre los recientes sucesos puedo no estar del todo de acuerdo, aunque los tengo en mucha consideración. ¿No es un magnífico principio para empezar a construir algo valioso?)

Verdad, concordia, honestidad, palabras (no gritos), y eso que se llama pensamiento. No dejarnos aturullar por el ruido ambiente. Que un día no llegue la desgracia y carguemos con el pesar de no haber tenido “un pensamiento «a tiempo» que hubiera podido evitarla”.






“Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil. Y he observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de veracidad”.

Meditaciones del Quijote. Ortega y Gasset

sábado, 30 de septiembre de 2017

De banderas, trapos y equidistancias



De vez en cuando veo escritos u oigo comentarios según los cuales una bandera no es más que un trozo de tela, "un trapo", y que, por tanto, no merece mayor consideración que una bayeta o un retal para limpiar el polvo.

Casualmente esas "reflexiones" acostumbran a salir a colación cuando la protagonista es la bandera española. Luego, ironías de la vida, quien tal dice puede acudir a un partido ataviado con la bufanda de su equipo o con la camiseta con los colores del mismo, o enarbolar orgulloso la bandera de alguna causa que considere justa.



Y es que además de la obviedad de que una bandera está hecha con un trozo de tela, también lo es (o debería serlo) que es algo más. ¿Qué? Precisamente eso: la representación de una causa.

Por eso no todas las banderas son iguales, porque todas las causas no valen lo mismo. No es igual de respetable defender la vida del inocente que las leyes segregacionistas, por ejemplo.

Somos seres corpóreos, y por ello necesitamos tangibilizar las realidades con que nos relacionamos, desde un pacto a través de un apretón de manos, hasta que somos novatos conduciendo y deben ser comprensivos con nosotros (de ahí la famosa ele).

A mí no se me ocurriría (y creo que a nadie en sus cabales y con un mínimo sentido moral), digo que a mí no se me ocurriría cogerle a un compañero la fotografía en la que aparecen retratados sus hijos y rasgarla delante de él mientras le explico que sólo rompo un pedazo de papel, que eso no tiene ningún valor, que hay muchos folios en la oficina y puede enmarcar otro.

"¿Por qué te molestas si sus hijos siguen gozando de buena salud y los tienes en casa? ¿Acaso por verme romper un pedazo de papel?" Por supuesto que no. Lo que yo he roto no es un mero trozo de papel, sino una representación de algo (o alguien) que para mi compañero tiene mucho valor. Y ya se sabe, y si no se sabe lo explico yo, que la representación en cierta manera contiene lo representado, aunque sólo sea en forma de manifestación, esto es, de ponerlo de manifiesto.

No es que haya roto un folio que era de él; es que he roto la foto de sus hijos.

Cuando la noche del 10 de mayo de 1933 los nazis quemaron montañas de libros, no se limitaban a hacer hogueras vistosas con papel tintado. Aquel acto tenía un carácter moral claro: la persecución del disidente.



En España la bandera nacional frecuentemente se ve como molesta. Hay ámbitos de excepción, como el deportivo, pero fuera de ahí tiende a tacharse de sectaria, más aún, de reaccionaria (no así las banderas secesionistas de algunas regiones, por rancias y fanáticas que puedan ser las propuestas que representan). Se echa la culpa a Franco, como de casi todo lo que nos molesta, se ha convertido en un lugar común tan socorrido como cansino, pues si bien es cierto con él se reinstauró la bandera bicolor, no lo es menos que no la inventó, sino que la tomó de la que históricamente había, con lo cual a estas alturas de la película su papel ya poco debería pintar para bien o para mal.

La actual bandera de España data de la época de Carlos III, cuando países como Italia o Alemania todavía no se habían constituido como nación. La enarbolaron quienes constituyeron las primeras Cortes liberales en Cádiz, quienes defendieron Cuba o Puerto Rico de la invasión Norteamericana, quienes realizaron por primera vez un vuelo entre España y América en el Plus Ultra. También la Primera República la hizo suya, y sólo, en esos más de dos cientos años, la Segunda decidió no hacerlo (en un gesto poco inteligente a mi parecer, pero en el que no me voy a detener pues no es el objeto de este escrito). Es llamativo que la bandera de la Segunda República aparezca en manifestaciones separatistas, como si representara algo opuesto a la Nación Española. Contaba Julián Marías cómo durante la guerra civil en el frente republicano se las veían y se las deseaban para poder izarla pues tanto los separatistas como los marxistas la veían como lo que era, la enseña nacional.

Seamos claros, el problema no es que la bandera sea de tela o de éter místico, sino es España misma, que es lo que dicha bandera representa. Estamos sumidos en una crisis de proyecto nacional grave. En mayor o menor medida se nos hace extraño, ajeno. El mal no es nuevo, pero la dilatación de la enfermedad lo acentúa.

Ahora esta prolongada enfermedad se ha manifestado de forma palmaria en Cataluña. Y más allá de aciertos o errores políticos ha habido una reacción popular extendida en casi toda España que nada tiene que ver con éste o aquel partido (si acaso algunos de los partidos están descolocados ante la misma), sino con la percepción de un enorme número de ciudadanos (aparentemente al menos una mayoría) de que la Nación Española todavía es algo valioso, algo nuestro, de que juntos somos más, de que tenemos una Historia compartida fundada en un proyecto de convivencia que no tiene por qué extinguirse, si acaso actualizarse y vigorizarse. Y ese sentir se expresa, porque, insisto, no somos angélicos, a través de signos sensibles, como puede ser poner una bandera roja y amarilla en la ventana o el balcón.

Desconozco si esta reacción popular será duradera o pasajera. Si por fin asumiremos con naturalidad nuestros símbolos nacionales, sin rubores ni espasmos, como hacen en casi todas partes, o volveremos a nuestros complejos arraigados. Tal vez un día, sólo tal vez, un cantante español podrá salir a un escenario con la bandera de su país sin tener que dar mil explicaciones ni temer que lo etiqueten de esto o de lo otro. Hasta entonces llevaremos camisetas de Iron Maiden con la bandera británica y recordaremos los 80 con el Born in the USA de Bruce Springsteen.





jueves, 28 de septiembre de 2017

Un libro sobre educación y una sugerencia para su autor, Gregorio Luri



Si Nietzsche levantó acta de defunción de Dios (a todas luces precipitadamente), Gregorio Luri notifica en sus escritos (cuerdamente) la muerte del buen salvaje.

El buen salvaje es un mito moderno (la modernidad tiene sus mitos tan activos y poderosos como los vikingos o los dóricos) y este del buen salvaje roussoniano es de los que ha gozado (y sigue gozando) de mayor aceptación.

El caso es que en su último libro Luri contrapone dos tipos de familias, aunque de vez en cuando deja asomar fugazmente una tercera clase: las familias normales, es decir, aquellas en las que sobre la base del amor sus miembros soportan mal que bien sus imperfecciones y sacan las cosas adelante como buenamente saben, y las familias perfectas, que son las que -hablando de defunciones- han olvidado que don Perfecto se murió, y ahí están, dale que te pego, buscando no errar, como Descartes, pero sin acabar de encontrar la glándula pineal que una sus primorosos ideales con el mundo tangible en que pasamos nuestra existencia.

He dicho que en contadas ocasiones menciona de pasada un tercer tipo de familia, y me refiero a la que es incapaz de establecer un sustento de amor, pero apenas se deja ver, pues no se dirige a ellas este su Elogio de las familias sensatamente imperfectas.

Un libro en el que sale a colación "el gran Bruce Lee" y en el que se cita a Unamuno, tenía su puntito para despertar mi simpatía. Un libro en el que vierte su experiencia y sensatez Gregorio Luri, me tiene definitivamente ganado.

Lo he leído en una tarde, de una atacada. Ya me lo han pedido mi señora madre y mi señora hermana. Seremos generosos; que no se diga. Me han salido varias páginas pegadas pero dos en concreto han quedado dañadas al separarlas: Ariel, más cuidado. Buena cubierta, excelentes ilustraciones, letra bien legible, hojas recias, a ver si al final se nos va a ir la mano con la cola.

Y antes de acabar, una sugerencia para el autor. Ha publicado ya unos cuantos libros sobre educación en los que, de vez en cuando, se ilustra la exposición con breves ejemplos de maestros, padres, educadores varios, que hicieron esto o lo otro. ¿Por qué no un libro centrado exclusivamente en ellos? Es decir, invertir la fórmula. Por qué no presentar historias, modelos reales que nos pongan a la vista lo que otros hicieron. Aunque pueden parecer pasadas de moda, las vidas de santos resultaban más edificantes que los más sesudos tratados de teología. ¿No se dice en el libro que resulta más instructiva la emulación, el contagio, la ósmosis, que cualquier argumento moralizante? Pues al lío.

Ahí dejo el guante.

Conclusión para lectores: un libro accesible y edificante para personas normales y extraordinarias, como tú y como yo, que quieren educar bien a sus hijos pero son de este mundo.