Últimamente mi mujer y yo estamos desatados con eso de ir al cine. La verdad es que con cuatro mil setecientos grados Celsius en la calle, o te refugias en la piscina más abarrotada que la lista de espera de la Seguridad Social, o te metes en una sala climatizada. De momento hemos tomado la segunda opción.
El caso es que fuimos a ver “Los músicos”. Película francesa con una historia de apariencia tan simple como original: Una fundación que ha adquirido una serie de Stradivarius contrata a cuatro grandes figuras de la música para interpretar y grabar una obra inédita. A partir de aquí aflora lo más interesante; la condición humana de cada personaje.
Lo bueno de este tipo de tramas es que no están manidas. No tienes seguridad de que ruta va a tomar, aunque puedas sospecharlo. Aquí no han matado a la familia de un agente de policía, el cual se va vengando uno a uno de los criminales hasta dar con el jefe de los malotes para acabar con él. Eva de otra cosa; de la voluble condición humana y de nuestra forma de relacionarnos.
Además, el director ha tenido el acierto de poner en los papeles de músicos a verdaderos músicos, quienes además son actores. O tal vez sean actores que son músicos. Tanto da. El caso es que las interpretaciones están desarrolladas con general acierto. Para mí, sobresale la de Mathieu Spinosi, quien da vida a un violinista egocéntrico y un tanto inmaduro.
Es de ese tipo de películas que no me importaría volver a ver dentro de un tiempo, sin necesidad de que en la calle haya lava volcánica.

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