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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

domingo, 12 de marzo de 2017

Me han secuestrado (Galdós, ¡culpable!)



Entro en éxtasis (valga el oxímoron). Estoy en otro mundo tan vivo y verdadero como éste. Llevo unos meses leyendo la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós y he llegado a la conclusión de que novelar después de don Benito es enredar. ¿Para qué escribir cuando alguien ha llegado a la cumbre?
Con veinte años los leí por primera vez y todavía recuerdo cómo me iba escondiendo por los rincones de la casa para que no me llamaran la atención por mi adicción a aquella obra. Madre, no era estreñimiento, no, que era la lectura lo que me tenía encerrado en el baño.
Qué descripción de personajes, qué viveza, qué exposición de sus luchas y debilidades, de sus cambios en función de circunstancias y vivencias.
No me resisto a transcribir un fragmento del Episodio titulado "Juan Martín el Empecinado". En el mismo un cura fiero y sanguinario llamado mosén Antón, que lidera una partida de guerrilleros, cuenta al protagonista la celebración de la última misa que dijo en el pueblo antes de echarse al monte. No tiene desperdicio:
"Estalló la guerra. El día en que llegó a Botorrita la noticia de los sucesos del Dos de Mayo, me puse furioso, me volví salvaje. Salí a la calle, y entrando en casa de un vecino empecé a dar gritos, por lo cual me llevaron en triunfo... ¡Ay, qué día! Compré un trabuco y me ocupé en disparar tiros al aire, diciendo: 'Ya cayó un francés... allá va otro...'. Pasó un mes, y un domingo del mes de Junio yo estaba en la sacristía vistiéndome para salir a la misa mayor, cuando el sacristán me dijo que acababa de entrar en el pueblo D. Juan Martín Díez, a quien yo conocía, con una partida de gente armada para defender la patria... Me entró tal temblor, tal desasosiego, que empecé la misa sin saber lo que hacía... el latín se me atravesaba en la boca y me equivocaba a cada instante. Como el monaguillo me advirtiera mis equivocaciones, le di un bofetón delante de los fieles.
»Dicho el Evangelio subí al púlpito para predicar a punto que muchos hombres de la partida de Juan Martín entraban en la iglesia. Mi plan era hablar del Espíritu Santo; pero no me acordaba de lo que había pensado y dije a los botorritanos: 'Hijos míos, San Juan Crisóstomo en el capítulo veinte y nueve escribe que Napoleón es un tunante... Sed buenos, no cometáis pecado. Napoleo precitus est. No se debe robar, porque el demonio os llevará al infierno, así como Napoleón se ha llevado a Francia a nuestro rey... ¿Quiénes son esos valientes macabeos que entran en el templo de Dios, armados de guerreros trabucos, cual los hijos de Asmoneo? Benditos sean los soldados que vienen con su tren de escopetas y navajas, como Matatías, cuando marchó contra Antíoco Epifano. ¿Y quién es aquel belicoso Josué que ahora entra por la puertecilla de las Ánimas? ¿Quién puede ser sino el santo varón de Castrillo de Duero, que va a Gabaón en su jaca negra, para vencer a Adonisedec rey de Jebús? Celebremos con cánticos la caída de las murallas de Jericó, al son de los bélicos cuernos y de las retumbantes castañuelas'.
»Y en este estilo, seguí ensartando disparates. Yo no sabía lo que predicaba. El pueblo y los guerrilleros se volvieron locos y con sus patadas y gritos atronaron la iglesia. Seguí mi misa... ¡Ay!, cuando consumí no supe lo que hice: no respondo de haber tratado con miramiento al santo cuerpo y a la santa sangre de Nuestro Señor... El cáliz se me volcó. Durante el lavatorio, el monaguillo entusiasmado se puso a dar brincos delante del altar... Yo no cabía en mí y los pies se me levantaban del suelo. Todo cuanto tocaba ardía, y hasta dentro de mí creí sentir las llamas de un volcán. Cuando me volví al pueblo para decir Dominus vobiscum, alcé los brazos y grité con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!... Juan Martín subiendo precipitadamente al presbiterio me abrazó, y yo por primera y única vez en mi vida me eché a llorar. El pueblo aplaudía, llorando también.
»Un momento después, yo había ensillado mi caballo y seguía la partida de Juan Martín".

2 comentarios:

  1. Una joya de la literatura y una genial manera de escribir novela histórica.

    Imagino lo que estarás disfrutando con su lectura.

    Un fuerte abrazo.

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    Respuestas
    1. La estoy gozando, Amalia. Insuperable.

      Un abrazo grande

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