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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

lunes, 19 de septiembre de 2011

La condición humana


Exposición Internacional 2008. Zaragoza. Durante los últimos años las instituciones se han volcado en la preparación de este evento. Como lema: Agua y Desarrollo Sostenible. Uno de los platos fuertes reside en un espectáculo nocturno cuyo centro es un iceberg artificial instalado en la otra orilla del río Ebro. Básicamente denuncia la destrucción del planeta debido a la irracional generación de residuos por parte de nuestra sociedad. Sobre el iceberg móvil se proyectan imágenes que muestran montañas de basura, mientras, por los altavoces suena una música angustiosa y reiterativa. Los espectadores están conmovidos. En todos ellos se percibe un sentimiento compartido: ¡qué horror!, si no hacemos algo la Tierra se convertirá en un vertedero.

El espectáculo finaliza. Se desata una cerrada ovación. Después se encienden las luces y la multitud va abandonando las gradas. Permanezco sentado junto a mi mujer y mis hijas hasta que las hileras de bancos quedan vacías. Miramos a nuestro alrededor para descubrir una ingente cantidad recipientes de plástico, papel y basura esparcidos por todas partes. No se puede dar un solo paso sin pisar desechos.

Me temo que sin esta visión no se acaba de comprender en qué consiste verdaderamente la condición humana. Lástima que la mayor parte del estremecido público haya visto sólo la primera parte del espectáculo.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cuando la NASA metió la pata por no hacer caso a mi profesor de matemáticas



Don José era nuestro profesor de matemáticas. Hombre recio y enérgico, en su clase no se canteaba ni una mosca. Su vigorosa mano se encargaba de dejarnos claro que él era el sheriff del lugar. Conviene aclarar que nadie ha acabado traumatizado por haber recibido un guantazo suyo (y eso que eran contundentes) pues no ejercía el despotismo y bastaba con cumplir las normas y estar al quite.

Pero la característica principal de don José era otra muy distinta, a saber: era un buen profesor de matemáticas. Se preocupaba de que aprendiéramos, de que tuviéramos los conceptos claros; no había enchufados ni nada que se le pareciera, allí sí imperaba la igualdad sin necesidad de que un ministerio inane la abanderada. Todos los días sacaba gente a la pizarra, con el pavor que eso provocaba entre los que no éramos precisamente unos Einsteins.

Con don José había una serie de “pecados” que no se podían cometer. Por ejemplo, el alumno incauto decía: “El 2 del numerador y el 2 del denominador se van”. Y acto seguido tronaba el vozarrón de don José: “¿A dónde se van? ¡Se simplifican!”. Efectivamente, los números no se iban a ninguna parte, únicamente se simplificaban. Qué decir de las faltas de ortografía, hoy convertidas en paisaje. Por mucha asignatura de ciencias que fuera su comisión era sistemáticamente penalizada en la calificación.

Uno de los pecados más graves era acabar un ejercicio y no poner las unidades. Después de una larga serie de operaciones, agotado y satisfecho, el alumno llegaba al ansiado resultado. “Y nos da 357” sentenciaba mientras garabateaba la cifra con la tiza. Entonces, cuando miraba con cierto temor al profesor esperando ver confirmado el fruto de su esfuerzo, recibía el siguiente comentario: “¿357 qué: boinas o guardiaciviles?” Un ejercicio en el que no constaran las unidades estaba mal, aunque su desarrollo fuese impecable. Ya podía uno apelar a los ángeles custodios, al concepto de justicia platónico, o a motivos lacrimosos de lo más variado (“me falta una décima para aprobar”, “es que mi padre”, “este verano iba a ayudar a los huerfanitos de Madagascar”…); aquella prueba era incorrecta.

Cuando hice la carrera no dejó de sorprenderme que la mayor parte de los profesores cometía aquellos pecados que a don José tanto irritaban. Así, obviaban sin pudor las unidades. En sus desarrollos en la pizarra no aclaraban si hablaban de “pesetas”, “dólares”, “renta per cápita” o “setas con gambas”.

Pasados algunos años (en septiembre de 1999) una noticia de prensa perdida entre la vorágine de grandes titulares llamó mi atención. Según informaba, una sonda espacial de la NASA llamada Mars Climate Observer, construida para estudiar el clima de Marte y apoyar el aterrizaje de otras sondas, se había estrellado contra la superficie de dicho planeta. 125 millones de dólares y varios años de trabajo tirados por la borda.

El artículo daba cuenta del motivo del desastre. Al parecer, en la construcción y programación de la sonda habían participado varias empresas. En concreto la Lockheed Martin Astronautics de Denver se había ocupado del diseño y construcción de la sonda, mientras que la Jet Propulsión Laboratory de Pasadera se responsabilizó de programar los sistemas de navegación. Pues bien, la primera realizaba sus mediciones con el sistema anglosajón (pies, millas, libras, etc.), mientras la segunda empleaba el sistema internacional (metros, kilómetros, kilogramos, etc.) La empresa de Denver desarrolló los cálculos correctamente con el sistema anglosajón. Luego los envió a la de Pasadera pero sin especificar las unidades de medida empleadas, de modo que estos últimos dieron por hecho que las unidades se ajustaban al sistema internacional. Así, cuando la nave se aproximó a Marte, sus ordenadores realizaron los cálculos de aproximación de forma errónea situándola en una órbita equivocada y haciéndola caer sobre el planeta rojo.

Pocos meses después los sesudos técnicos de la NASA sufrían un nuevo fracaso con otra sonda enviada a Marte –la Mars Polar Lander-. En su construcción había tenido los mismos problemas de unidades de medida que con la Mars Climate Observer. Desde Tierra intentaron reconfigurarla, pero cuando debía alcanzar la superficie del planeta se perdió contacto… hasta hoy. Todo parece indicar que quedó convertida en un huevo frito metálico sobre fondo rojo.

Don José murió hace algunos años y, aunque nos hizo sudar la gota gorda, he de confesar que con el paso del tiempo su figura ruda y exigente se engrandece. Sólo puedo decirles a los sabios de la NASA que siento que no tuvieran un profesor tan “maniático” como don José. Otro gallo les habría cantado.

viernes, 9 de septiembre de 2011

STRIPTEASE: DESNUDO ANTE EL ESPEJO DEL DOLOR


He estado casi todo el verano ingresado en un hospital. Quirófano, cuidados intensivos, subida a planta, goteros, sondas, caldos, alta hospitalaria, y vuelta a empezar por la puerta de urgencias. Así hasta tres veces.

El sufrimiento padecido y el diferente apoyo de personas cercanas me han hecho replantearme muchas cosas, o quizá, planteármelas en serio por vez primera.

Para empezar, he aprendido que el sufrimiento no se sabe, se experimenta. No existe un saber teórico del sufrimiento, sino una vivencia personal que es la única que nos aproxima a él. No valen argumentos, el misterio nos sobrepasa, porque eso es ante todo el sufrimiento: un misterio.

El sufrimiento es brutal, invasivo, inapelable. Cada dolor es único y, en cierta forma, absoluto. Mi dolor actual tiene una presencia tal, que no se puede confundir ni identificar con ningún otro dolor. Además, nos hace despertar a nuestra verdadera condición, la de seres vulnerables, frágiles, menesterosos, insuficientes. Nadie está a salvo, sea cual sea su condición.

Uno de mis compañeros de habitación era un fornido ganadero del Pirineo que no había estado enfermo jamás. Pues bien, una manchita cancerosa en la mandíbula lo había derribado en plena lozanía. ¿Quién está a salvo?

Cuando podía levantarme y miraba a la calle por la ventana del pasillo, pensaba que, probablemente, los transeúntes vivían en una ficción. Afanados en sus quehaceres diarios, se sentían invulnerables, creyendo que los hospitales son para “los otros”. Al menos así pensaba yo antes de acabar vistiendo un pijama de la Seguridad Social.

Una de las realidades que se me impuso con más fuerza fue la necesidad de encontrar sentido al sufrimiento. Ese dolor que se presentaba como una realidad implacable, ¿tenía algún sentido? Pensar que el dolor es sólo dolor, como se planteó C.S. Lewis cuando murió su esposa, es el mayor de los tormentos que quepa imaginar. Non plus ultra. “Tu sufrimiento se agota en ti mismo”. Eso tiene que ser el infierno.

Y es que el silencio de Dios es terrible. Yo no lo oía. O no me hablaba o no lo escuchaba, no sé. ¿Por qué permitía aquello? No sólo conmigo, sino con todos los que sufren: niños, ancianos, personas bondadosas, o cobardes, tanto da. Se despertó en mí la conciencia de incomprensión. Incomprensión y piedad por el dolor ajeno. Una comunión de dolor y misericordia por el mal de tantos hombres. Daba igual que el vecino de cama pensase de forma radicalmente distinta a mí, porque existía una fraternidad en el dolor, una unión inexplicable pero real. El dolor nos hermana. Mi compañero de enfermedad sí sabe, porque sufre como yo.

Quiero señalar algo importante: negar a un enfermo la condición redentora y sufriente de Jesucristo, ocultarle la posibilidad de que ese dolor que lo atenaza tenga algún valor, es una absoluta impiedad. En quien sufre, aunque sea el ateo más recalcitrante del mundo, está Jesucristo. Por eso, si Dios no habla, tu presencia acompañando al enfermo, sí. No para dar catequesis (más bien la recibirás) sino para querer y entregarte. Pues quien sufre precisa la compañía personal (no la bulla o los corrillos), sentirse querido, escuchado, distraerse. Esto último es muy importante, porque el enfermo tiende a hacer de su mal el centro de gravitación universal, y él mismo se ahoga en su congoja.

Contemplando al Hijo en la Cruz, el misterio persiste (o se agranda). Dios, si pudiste hacer todo esto sin dolor, ¿por qué te metiste de lleno en él? ¿Por qué no desterrarlo, sin más?

Es como si los aliados hubieran alcanzado los campos de concentración y, en vez de desarmar a los guardianes y liberar a los prisioneros, se hubieran puesto en las primeras filas para entrar de las cámaras de gas. ¿Qué sentido tendría aquello? En cierto modo es lo que hace el sacerdote de la película Muerte en Roma, pero ¿qué lógica rige en Dios?

Entonces uno más que pensar, contempla, y empieza a ver algunas cosas que asustan (y no poco) pero ante las cuales, si quiere ser honesto consigo mismo, no puede volver la espalda. La puerta estrecha, cumplir la voluntad del Padre, morir a uno mismo... ¿Quieres ir a Jerusalén para ser vilipendiado, torturado y crucificado? Yo me escandalizo con Pedro porque también pienso como los hombres. Perdóname. También te pido que hagas las cosas de otra manera, más fáciles, que destierres el dolor, que lo apartes de mí. Y te niego, y temo, y huyo, y lloro, y pido milagros que lo eviten…

Ha sido un verano difícil, muchas cosas se han derrumbado y todavía ando entre cascotes. El paisaje ha cambiado por completo. Sólo sé una cosa, que el edificio viejo ya no vale.

jueves, 21 de julio de 2011

Unas palabras antes del silencio


Por razones de fuerza mayor, voy a estar unos cuantos días fuera de circulación. Como me voy a quedar mudito, como el enanito de Blancanieves, he pensado que lo mejor es despedirme “hablando”, literalmente. Así que aquí os dejo una entrevista que me hicieron en Radio Zaragoza (Cadena Ser) el pasado 5 de junio a raíz de la publicación de Julián Marías. Retrato de un filósofo enamorado. La realizó el periodista Miguel Mena, y compartí micrófono con Pablo Lorente, quien ha escrito un libro con muy buena pinta titulado Relatos desde ninguna parte.

No sé en qué minuto del programa entro (bueno, en realidad entro y salgo varias veces, como un niño en una puerta giratoria), así que un poco de paciencia, que tampoco es muy largo.

Apto para incondicionales y entusiastas de los libros (todavía quedan uno o dos): pinchar AQUÍ.

Un abrazo, y espero que hasta la vista.


PD. Localizado entre los minutos 27 a 38, 48 a 49, y 50 a 52 (Gracias Rick (Manuel)).

lunes, 18 de julio de 2011

Arrebatos místicos con 4 años


La peduga de cuatro años berrea en pijama, plantada en medio del pasillo. Entre sollozos repite una y otra vez: “quiero las florecillas del campo”. Debería estar durmiendo hace rato, pero se ha declarado en rebeldía. ¿La razón? Un acendrado espíritu de contradicción y la firme resolución de que nadie pegue ojo hasta que se haga lo que ella quiere (Doctor Estivill, perdónala porque no sabe lo que hace).

Para entender mejor lo sucedido, he de dar alguna explicación previa.

En casa la palabra “acostarse” lleva implícito un elaborado y larguísimo ritual del que no nos dejan obviar ninguna de sus partes. Todo lo que sea dilatarlo es un triunfo para las afectadas.

Una de las actividades que más se prolonga es la de los rezos. Cada nueva oración aprendida, se incorpora al repertorio, sin abandonar ninguna de las anteriores, con lo cual la práctica está alcanzando dimensiones de Vía Crucis. (En la imagen superior, las dos artísticas láminas objeto de devoción doméstica).

Casi todas son colectivas, pero, además, cada partícipe tiene la exclusiva sobre una oración que recita en solitario. La de la más pequeña es Las florecillas del campo, y la noche de marras se había puesto a enredar y saltar, pasando de las florecillas, del campo, y de su santa madre (en realidad, de las dos, de la terrena y de la celestial). Así que al toque de silencio se quedó sin rezarla. Fue entonces cuando se desató en ella un fervor religioso irrefrenable que la llevó a la situación que he descrito al principio de este escrito.

Finalmente hubo que claudicar (Estivill, perdónanos porque tampoco sabemos lo que hacemos), y su madre se la llevó al cuarto de estar para hacer cierta la bienaventuranza de los pacíficos y rezar juntas lo que sigue:

“Las florecillas del campo
las cogí con alegría,
mi mamá me hizo un ramo
para ti Virgen María.
Como soy tan pequeñita
y tengo tan poquita voz,
sólo me atrevo a decir:
¡Viva la Madre de Dios!”

jueves, 14 de julio de 2011

Una música por descubrir


El tazón que tiene frente a ella parece descomunal. Sus manitas de cinco años no son capaces de abarcarlo. Estamos desayunando los dos solos, somos los rezagados. Entonces, se me ocurre indagar sobre sus gustos musicales:

- Y a ti, ¿qué música te gusta más? ¿De baile, romántica, marchosa, danza...?

Ella me mira con serenidad y responde:

- De pensamiento.

Me lo ha dicho con tanta convicción, que pongo cara de pócker para que no se me escape una gran sonrisa. Es la última respuesta que me habría esperado. Música de pensamiento. No se me pasa por la imaginación en qué puede consistir, pero dicho por ella y con tanta seguridad, ya me está apeteciendo escucharla.

domingo, 10 de julio de 2011

Luces, cámaras... ¡humor!


Creo que el humor es un bien tan precioso como el aire. Es más, ahora que está tan de moda, igual deberían declararlo “Patrimonio de la Humanidad”. Cuando llevo una temporada sin reírme a gusto, lo echo de menos y me digo: “algo está fallando en mi vida”. No me parece un mal termómetro.

En esto el cine puede ser un gran aliado. Todos tenemos algunas películas capaces de arrancarnos algo más que una sonrisa, porque está claro que a cada cual nos hacen gracia cosas distintas. Todavía recuerdo una película a la que acudí con mi hermana hace un par de eras glaciares (creo que donde estaba el cine ahora hay un volcán). Estaríamos unos ocho espectadores y, según qué broma aparecía en la pantalla, la risa emergía de un lugar distinto de la sala. Naturalmente, a mi hermana le hacían reír los golpes médicos; me parece recordar que era la única.


Hay algunas películas que han estimulado mis músculos risorios de una forma más vivaz; por ejemplo, Los visitantes no nacieron ayer. Se trata de una cinta francesa que, pese a ello, no consiste en una sucesión interminable de diálogos existenciales entre personajes asqueados de la vida; ya sólo por esto, merecería una mención especial. Siempre he dicho que esta película no podrían haberla hecho en Estados Unidos, porque el acierto está en traer a nuestro tiempo a dos hombres medievales con mentalidad medieval (y aire cómico, claro está). Es decir, lo contrario a Kate & Leopold y similares, en las que el hombre del pasado lo es porque va disfrazado y emplea el presente de subjuntivo.

Uno de los mecanismos del humor es introducir un elemento disparatado en una situación cotidiana, del contraste entre lo “natural” y lo descabellado surge la comedia. En esto los hermanos Marx eran unos genios. Si los personajes que los rodeaban hubieran sido tan excéntricos como ellos, no se habría producido esa tensión cómica y aquello habría derivado en un absurdo sin chispa. Pero ver cómo escandalizan, incomodan o ponen en apuro a personas “normales” es lo que dispara nuestra carcajada. Precisamente ese contraste es el que se da en Los visitantes no nacieron ayer (1993).


También vemos esa oposición en ¿Qué pasa con Bob?(1991), en la que un enfermo mental se cuela en la vida familiar de su psiquiatra. He de confesar que, en general, Billy Murray me hace mucha gracia. Vi la mencionada película cuando se estrenó, debido a la insistencia del amigo con el que había quedado. El título ni me sonaba, y entré al cine a regañadientes convencido de que no me iba a gustar. Al cabo de media hora sólo se me oía a mí.


Por último, algo de cine español: Se infiel y no mires con quién (1985). Comedia de enredo, de esas que se nos dan tan bien. Con un Resines en el papel de Resines, que es el que borda. También Ana Belén guapísima; Verónica Forqué simpatiquísima y muy atractiva; y Guillermo Montesinos, salado como él solo. La comedia es picante y de Fernando Trueba, pero en ningún momento cae en la chabacanería. En el embrollo de la trama hay momentos antológicos.

Bien, y hasta aquí llegan las recomendaciones. Les deseo que ustedes lo pasen bien.