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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

domingo, 29 de agosto de 2010

Volver a ser un niño



A menudo íbamos a la destartalada estación de tren por la noche. Alejados de las luces del pueblo, podíamos contemplar gran cantidad de estrellas. Tumbados sobre unos tablones, nos estremecíamos ante la inmensidad del firmamento y comentábamos en voz alta nuestras reflexiones "existenciales". En aquel entonces, finales de los setenta, estaba de moda todo lo relacionado con los OVNIs; la verdad es que pese a ser el menor de la pandilla, yo era bastante escéptico al respecto, pero me divertía fantasear con mis amigos sobre qué formas de vida podrían albergar otros planetas, o sobre si alguien nos observaría a varios años luz mientras yacíamos ociosos en aquellas noches de agosto.

Desde hace varios lustros ya no veraneo en mi pueblo; el lugar donde soñaba con un futuro que a buen seguro iba a ser fascinante. Cuando fuera mayor tendría libertad para emprender mil sendas distintas sin que nada ni nadie me lo impidiesen. No me daba cuenta de que era entonces cuando vivía con auténtica libertad. Todo era una fiesta: la leche hervida que producía una riquísima nata de un dedo de espesor; las excursiones a Bílbilis o la Fuente de las Pilas; las parrilladas campestres con los amigos; la propina a la salida de la misa dominical que era transformada inmediatamente en un puñadito de chucherías; las prospecciones en el granero donde hallaba tesoros tales como un bastón con una espada oculta, un sombrero de "gánster" o una capa de torero. También la gozaba cazando y criando toda clase de bichos, desde mantis religiosas, hasta gorriones caídos de algún nido o gatitos que habían sido arrojados al cauce seco del Ribota.

Todo tenía sabor y lo vivía con espontánea intensidad. En casa no había televisión ni radio, ni falta que me hacía, pues apenas entraba en ella.

Para mi sorpresa, hoy la meta de mi vida es recuperar aquella libertad que todo lo fiaba al minuto presente. Disfrutar del rojo del atardecer; de una conversación que no discurra al dictado de los telediarios; de no saber y preguntar sin pudor; toparme con Dios al coronar cada cima, sintiendo su presencia casi física; ver en la ropa manchada la señal inconfundible de un día divertido; saborear un polo como si fuera el más exquisito manjar; complacerme en la maravilla formidable de un grillo; curar todas las heridas con saliva y besos; olvidar cualquier enfado antes de cinco minutos porque hay que emplear las energías en cosas más importantes y divertidas; en definitiva, como cantaban Los Secretos, hoy sueño con volver a ser un niño, aquel niño que soñaba.

viernes, 13 de agosto de 2010

Cuando la ética no puede entrar en clase de Ética


Estos días he tenido la fortuna de conocer a un matrimonio muy particular. Para empezar he de señalar que los esposos no tienen un hijo, eso acarrea mucha responsabilidad; ni dos, que es muy caro; ni tres, que es un saco sin fondo; sino que tienen ocho (el menor de pocos meses), lo cual es literalmente ruinoso. Sobre todo para dos "curritos" como ellos, que no proceden de "familias bien".

Es decir, que no están a dos velas de manera accidental, sino conscientemente crónica.

Pero la cosa no queda ahí. La hija mayor ha tenido este año entre sus asignaturas la famosa Educación para la Ciudadanía (EpC). En su colegio tranquilizaron a los padres asegurándoles que la citada materia se maquillaría, de modo que nada pernicioso se diera en clase. Pero S y P, que más o menos así se llaman los esposos a los que me estoy refiriendo, por si no tenían bastante con preocuparse de sus ocho hijos y de su famélica cuenta corriente, se pusieron a pensar en los otros niños que no van al mismo colegio que su hija, y que por tanto no están "blindados" frente a una asignatura que imparte contenidos perversos. Así que por amor a esos otros niños, no se les ha ocurrido otra cosa que atarse los machos, mirar al cielo y objetar a la asignatura.

Si ya de por sí daban el cante en el colegio con tanto churumbel, ahora, muy a su pesar, se han convertido en auténticos inadaptados.
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Para colmo, quien imparte la asignatura es el profesor de Ética, que resulta ser el "profe guay" del centro, y la muchacha ha de abandonar solitaria el aula a la vista de todos sus compañeros.
Hay más. A la hija le han quedado otras 2 asignaturas; y como 2+1 son 3, y 3 es igual a repetir curso, no acudir a EpC le puede suponer abandonar definitivamente a sus compañeros de estudios.
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¿Es eso todo? Pues no, que hay más: Meterse en este fregado les está costando a S y P una pasta. Se han visto inmersos en una serie de juicios que les llevan de gira por distintos tribunales, escalando de una instancia a otra, mientras en cada escalón van dejando un reguero creciente de euros.
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¿Dónde acabará esta escalada? Muy probablemente en el cielo, pero antes de llegar allí espero de todo corazón que se les haga justicia y, como mínimo, se les reconozca a ellos y a todos los padres el derecho a objetar a la citada asignatura de adoctrinamiento ideológico.
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Lo más curioso es que seguir un comportamiento ético conlleva que su hija ha de quedarse fuera de la clase que imparte el profesor de Ética. Es decir, que la actitud ética es expulsada a fuerza de coherencia de una clase pretendidamente moralizante. Ironías de la vida.

martes, 27 de julio de 2010

En vacaciones, déjate sorprender


Cuando echo la vista atrás me doy cuenta de que los mejores momentos de mi vida se han dado de manera imprevista, no programada. Por ejemplo las vacaciones de mi infancia, en el pueblo de la familia de mi padre. Apenas llegábamos, desaparecía para no dar señales de vida hasta las horas de las comidas, ¡y eso a lo largo de todo el mes de agosto! Llevaba una vida asilvestrada, sin horarios ni planes. Siempre con los amigos, íbamos a las eras, al río (normalmente seco), a la Virgen de la Sierra, al castillo, o a casa de alguno de la cuadrilla. Por cierto, en aquel entonces las casas estaban siempre abiertas. Uno asomaba la cabeza por la puerta y gritaba: "¿está Fulano?" Y la voz de la madre respondía lejana: "Se está echando la siesta". "¡Vale! Volvemos luego".

Entre los veranos que recuerdo con mayor nostalgia está el que siguió al primer curso de carrera. Por "circunstancias académicas" (qué bien vienen los eufemismos) tuve que quedarme en Zaragoza mientras mis padres marchaban al pueblo. La perspectiva no podía ser más aciaga: libros, soledad, calor... Pero, ¡cha chan! Hete aquí que un amigo se hizo socorrista y lo contrataron en la piscina de un pueblo cercano. Para compartir su buena fortuna me invitó a las fiestas del lugar, y ya no salí de allí en todo el verano. No vi los rascacielos de Nueva York, ni me haciné entre sombrillas en la playa, ni trepé como las cabras por los montes... ¡pero me lo pase! Y, sobre todo, hice unos amigos formidables.
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Quiero compartir contigo esta recomendación para las próximas vacaciones (o las que tal vez ya estás disfrutando, o las que llegarán al año que viene): déjate sorprender. Olvídate de planes detallados y saborea cada momento, cada amistad, cada paisaje, cada suceso imprevisto. Yo, por mi parte, me despido durante unos cuantos días y dejo descansar el teclado para sumergirme en nuevas experiencias y compartir el tiempo y la presencia con la familia y los amigos.
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¡Hasta la vuelta!

lunes, 26 de julio de 2010

Coherencia o la difícil armonía entre decir y hacer


Una de las cosas más difíciles de esta vida es ser coherente, o al menos a mí me lo parece. Cuando el toro está lejos, tenemos muy claro cómo hay que lidiarlo. Pero ¡ay amigo!, en cuanto se acerca, nuestros esquemas se tambalean.

Por eso nuestras convicciones tienen que pasar el duro test de la realidad. Las máximas hiperbólicas de nada sirven si luego son inaplicables.

Hay un viejo chiste que cuenta cómo un hombre se fue a afiliar al Partido Comunista. El encargado de rellenar las solicitudes comenzó a formularle una serie de preguntas:
- Camarada, si te tocara la lotería, ¿qué harías?
- Le daría el dinero al Partido.
- Muy bien. Y si tuvieras un barco.
- Se lo daría al Partido.
- Estupendamente. ¿Y si tuvieras un tractor?
- ¡Para ahí!, que el tractor ya lo tengo.

Ciertamente, tendemos a exigir a los demás que se comporten según ciertos principios que nos parecen válidos. Pero cuando los mismos se convierten en una exigencia para nosotros, la cantidad de justificaciones para incumplirlos se multiplica hasta el infinito.

Un monje se pasaba la vida insistiendo en que la fe lo era todo. En cierta ocasión fue a coger agua al pozo del monasterio. Tanto se inclinó para agarrar el cubo, que perdió el equilibrio y se precipitó para adentro. Por fortuna, durante la caída consiguió agarrarse a un manojo de hierbas que asomaba en la pared del pozo. El religioso, mirando aterrorizado para la boca del pozo, gritó:
- ¡Auxilio! ¿Hay alguien ahí arriba?
En ese instante las nubes del cielo se abrieron y una potente voz se dejó escuchar.
- No temas. Suéltate y déjate caer, que yo te cogeré.
El fraile tras un segundo de cabilación, gritó:
- ¿Y hay alguien más?

domingo, 25 de julio de 2010

Importante aviso de peligro



Una amenaza nos acecha. El mero contacto con el emisor de las frases que se recogen más adelante puede desencadenar grave peligro para la salud psíquica de las mujeres implicadas. Hasta tal punto es así, que las leyes españolas permiten acabar con la vida de su generador para evitar este escalofriante riesgo.

El redactor de este blog no se responsabiliza de los daños que pueda ocasionar la lectura de las expresiones que se transcriben seguidamente:

- Un besito, mamá.
- Agua.
- Tengo mocos.
- Es que no me puedo dormir porque he oído un ruido.
- Me duele la tripa.
- Tengo frio. ¿Me tapas?
- Se me ha caído el osito.
- Me he hecho pipí.
- ¡Qué guapa eres, mamá!
- ¿Cuándo iremos al parque?
- Quiero pintar.
- De mayor seré bailarina.
- El osito tiene sed.
- ¿Me cuentas el cuento de los tres cerditos?
- Lucía no me deja jugar con ella.
- Para mi cumple quiero una muñeca y una caja de lapiceros.
- Te quiero mucho, mamá.
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El pasado año más de 100.000 mujeres abortaron al amparo de una ley que permite extinguir la vida de los potenciales enunciadores de estas frases. Todos los partidos políticos con representación parlamentaria, sin excepción, respaldan estas medidas. Algunos de ellos han aprobado recientemente una nueva ley que define como "derecho" la matanza de los elementos amenazantes mencionados.
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Somos una sociedad solidaria.
Somos los jueces de la historia.
Somos la gloria de la civilización.

jueves, 22 de julio de 2010

Para ser conductor de primera, de primera, de primera...


Ayer, a la salida del trabajo, fui a coger el autobús urbano. La parada está junto a un semáforo que, para mi fortuna, estaba en rojo cuando llegué, reteniendo allí al vehículo.

El conductor ya había cerrado las puertas, de modo que poniendo mi mejor sonrisa golpeé suavemente el cristal. Me miró con cara de pocos amigos y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, mientras murmuraba con visible irritación palabras que no llegaban a mis oídos. Finalmente hizo el esfuerzo supremo de apretar un botón rojo y la puerta se abrió. Saludé, le di las gracias y fiché con la tarjeta.

En la siguiente parada subió una chicha a la par que un señor mayor que venía de frente cojeando hacía señales para que lo esperaran. No estaba a más de tres metros del vehículo, cuando el conductor cerró la puerta y arrancó. Está vez fue el anciano abandonado quien profirió improperios entre dientes que tampoco alcancé a escuchar.

Entonces me puse a pensar en la razón de la actitud del conductor. Con relativa frecuencia he observado comportamientos similares. Personas corriendo o que junto a una parada solicitan subir al transporte y son ignorados con manifiesto desprecio. Por supuesto también los hay atentos, que de todo hay en la viña del Señor. Pero, ¿por qué cunden tanto los desabridos?
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Sin ir más lejos, los taxistas tienen el mismo cometido: llevar personas de un sitio a otro, pero en este caso andan a la caza del cliente, procurando que no se les escape ninguno. ¿Cuál es la diferencia?
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Parece que la respuesta es bastante obvia. El chófer del autobús cobra lo mismo suba uno o suban cien, mientras que el taxista obtiene sus ingresos en función del número de pasajeros que coja a lo largo del día.
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El dinero, el vil dinero es el que marca la diferencia. En esto como en tantas cosas, no nos engañemos.
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Y me lleva a la conclusión de que trabajar exclusivamente por dinero es frustante. Uno acaba por perder el sentido de lo que hace, y si algo nos caracteriza a los hombres es que nos movemos en el elemento del sentido. ¿Qué sucedería si un conductor reparara en lo benéfico de su profesión? Cada persona que sube al autobús dilata sus posibilidades, de modo que facilita que el mundo sea mejor. ¿No es eso un gran bien?
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De vez en cuando deberíamos pararnos a reflexionar sobre nuestro trabajo, sobre su sentido. ¿Dejaremos agravios y rencor, o alumbraremos sonrisas y esperanzas? Como decía Hamlet, that is the question.

miércoles, 21 de julio de 2010

Carta a Friedrich


Querido Friedrich:

Las cosas no han resultado como nos anunciaste. Algo ha salido mal. Tras los leones no vinieron los niños, sino las hienas y los chacales, siguiendo el hedor de la sangre. No hay inocencia, sólo indiferencia y muerte.

Los dioses fueron barridos de los cielos; pero los buitres han ocupado su lugar. Ahora describen círculos escrutando cada rincón en busca del menor atisbo de vida.

Cumplimos fielmente tus normas: “los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se los debe ayudar a perecer”. Mas en vez de erradicar la debilidad, esta se ha expandido como una plaga sobre un mar de cadáveres. El más pequeño soplo resquebraja a los hombres, que temblorosos y confusos, huyen en desbandada, como un rebaño de ovejas asustadas.

¿No deberían reinar los señores, los amos de la vida? ¿Por qué entonces se proscribe a los arrojados y se ensalza la locura y el suicidio?

Friedrich, ¿qué ha fallado? Cumplimos tus mandatos y en lugar de alcanzar cumbres nos hallados sumidos en abismos.

¿Acaso no enterramos a Dios bajo enormes losas de desprecio y soberbia? ¿Es que no nos entregamos a nuestros instintos y desterramos cualquier referencia moral? ¿No sostuvimos que la voluntad había devorado a la verdad? ¿Por qué proclamamos la vida y sólo alumbramos muerte?

Friedrich, las cosas no han resultado como nos anunciaste.