En la calurosa sala de visitas, junto al espectro de la pianola amortajada con una sábana blanca, el coronel Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron sus edecanes.
Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la manta de lana escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de los títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los hogares.
-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos luchando por el poder.
-Son reformas tácticas -replicó uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Después veremos.
Uno de los asesores políticos del coronel Aureliano Buendía se apresuró a intervenir.
-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el régimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes, quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra los sentimientos de la nación.
Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buendía lo interrumpió con una señal. 'No pierda el tiempo, doctor -dijo-. Lo importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder'. Sin dejar de sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a firmar.
-Puesto que es así -concluyó-, no tenemos ningún inconveniente en aceptar.
Sus hombres lo miraron consternados.
-Me perdona, coronel -dijo suavemente el coronel Gerineldo Márquez-, pero esto es una traición.
El coronel Aureliano Buendía detuvo en el aire la pluma entintada, y descargó sobre él todo el peso de su autoridad.
-Entrégueme sus armas -ordenó.
El coronel Gerineldo Márquez se levantó y puso sus armas sobre la mesa.
-Preséntese en el cuartel -le ordenó el coronel Aureliano Buendía-. Queda usted a disposición de los tribunales revolucionarios.
Luego firmó la declaración y entregó las pliegas a los emisarios, diciéndoles:
-Señores, ahí tienen sus papeles. Que les aprovechen.
Dos días después, el coronel Gerineldo Márquez, acusado de alta traición, fue condenado a muerte. Derrumbado en su hamaca, el coronel Aureliano Buendía fue insensible a las súplicas de clemencia.
Cien años de soledad

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