Me siento ante el teclado recién llegado del cine, de ver la película "Los últimos días de María Antonieta".
El título señala a las claras el tema de esta producción franco-italiana.
La familia real ha sido capturada tras su intento de escapar de la Francia revolucionaria, y es confinada en la Tur du Temple. A partir de ese momento el curso de los acontecimientos los llevará desde el anhelo de volver a la situación previa hasta un progresivo descenso a los infiernos.
Los revolucionarios se sienten los adalides de una nueva era que debe acabar con lo viejo para traer un nuevo orden benéfico para la humanidad. Como todo fenómeno de masas, el andamiaje en el que justifican sus actos son consignas repetidas y tomadas por dogmas inapelables. Se sienten poseedores de unos ideales que los dotan una superioridad moral legitimadora de cualquier acción.
Ante todo se nos presenta el drama humano de Luis XVI y María Antonieta, cautivos junto a sus dos hijos. Sus figuras no tienen nada de épico, y, precisamente ahí, reside su dramatismo. Son personas de carne y hueso, con sus flaquezas, vanidades y miedos.
La muerte que les aguarda se les presenta como algo incomprensible y desmedido.
La película evita lo escabroso. Le basta con señalar lo que va a suceder para que el espectador lo entienda perfectamente sin recurrir al emotivismo ni al morbo.
Además, contiene alguna imagen digna de una antología del cine. En concreto hay una en la que los revolucionarios han llegado al palacio en el que la familia real está detenida. Luis XVI se presta a presentarse ante ellos para demostrar que no ha escapado. La mirada del pequeño grupo al que se ha permitido acceder es hosca, escrutadora y fría. Una mujeruca impele al rey a acercarse a ellos: "No tenga miedo, somos la humanidad". Apenas el rey bondadoso se pone ante ella, la mujer arroja la cabeza decapitada de la amiga de la reina que hasta la víspera los ha acompañado.
Viendo la película me venían a la cabeza unas cuantas cosas. La afirmación de Julián Marías de que los procesos revolucionarios en realidad acarrean involuciones, y en particular la francesa, cuando tenían un rey benéfico y con apartura de miras, se lanzó a un camino de irracionalidad e intolerancia en nombre de la razón y de la lucha contra el fanatismo.
También me acordaba de Arturo Pérez Reverte, a quien tanto gusta repetir que en España nos faltó una revolución con guillotina al modo de la francesa.
En fin, volviendo a la película, me parece muy recomendable para aquellos a quienes guste la historia, y más particularmente, la historia de nuestro tiempo, la edad contemporánea.