Cuando mis hijas eran pequeñas les contaba decenas de cuentos inventados cada día. Mantener en funcionamiento permanente semejante fábrica de imaginación era tan agotador como estimulante.
Como es lógico, nacían cuentos de toda condición y calidad. Los había flojos, reguleros, buenos, divertidos, trepidantes, alocados y algunos, porqué no decirlo, estupendos.
En alguna ocasión, cuando paría uno de estos últimos, lo anotaba. Pensaba: merece sobrevivir a mi desmemoria.
De ellos me he ido nutriendo para algunos de mis libros. "Crispín y el dragón Agemenón, "Mabel, la princesa de Íncaput", "Arturo, un astronauta con futuro", ilustrado por Marta Boza, que ganó el premio internacional Elia Barceló. Más tarde llegaría "Arcoíris, caída del cielo", pero esa es otra historia.
Sin embargo, el que seguramente era mi favorito tenía por protagonista a una niña llamada Valentina.
La historia de Valentina era totalmente contracultural y, sin embargo, a mí me parecía maravillosa y a mis hijas más. Tal vez porque Valentina nadaba contracorriente. No quería ser una niña empoderada, ni portada de la revista Science, ni pansexual, ni una guerrera chutada de testosterona que suelta groserías mientras da más leches que Pascual; tan sólo quería ser una niña bailarina y femenina y, todavía peor, conocer a un príncipe tan azul como la canción de Cristian Castro que la rescatase de los niños que se metían con ella y la llevara a su castillo encantador.
El lector comprenderá que con estas premisas la posibilidad de que Valentina saliera al mundo sobre sus zapatitos de ballet eran pocas. Así que quedó en "pause". Y sin embargo...
Sin embargo llevo un buen puñado de meses metido en la faena de ilustrar su historia. Creo que no sabría encontrar una persona que la plasmara tal como la tengo en la cabeza.
Normalmente soy bastante duro conmigo mismo y aun así, he de reconocer que estoy francamente satisfecho con el resultado.
En todas partes recomiendan tener como mínimo una cuenta en Instagram para autopromocionarse e ir mostrando la obra y su evolución. Pero me hago mayor, y cada vez aprecio más la privacidad, la labor solitaria e ir a mi bola. Así que de momento voy de lobo solitario.
Y ya que estamos: ¿alguien conoce a algún editor/editora serio dispuesto a aventurarse en un libro así? (Nada de autoediciones, por favor... y gracias).
Decía Abraham Licoln, "camino lento, pero nunca camino hacia atrás". Esa es la lucha del día a día, ser un hombre y no un cangrejo.




