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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

jueves, 24 de septiembre de 2015

Ramón Menéndez Pidal entra en el debate catalán



A don Ramón Menéndez Pidal le tengo simpatía. Entre otras cosas, le estoy agradecido por varios de sus libros que leí con sumo agrado; además, fue él quien puso a nuestro alcance la joya del Cantar del Mío Cid.

Hombre liberal e íntegro, tuvo una disputa a través de la prensa con Antoni Rovira Virgili, uno de los prohombres del catalanismo. La misma se produjo cuando se estaba debatiendo la Constitución de la II República. A raíz de un artículo de don Ramón, Rovira Virgili publicó una agria refutación. Entonces Menéndez Pidal contestó al anterior en el diario El Sol con otro artículo titulado “Sobre la nación española: respuesta a Rovira Virgili”, era el 27 de agosto de 1931.

Lo traigo aquí por su “rabiosa actualidad”, y porque ahora que se alegan razones históricas para determinadas iniciativas, no está de más atender a las razones que daba alguien que de historia sabía un rato:

"[...] No entretendría yo al lector con estos dimes y diretes si los vivos ataques del Sr. Rovira y Virgili no fueran enseñanza y meditación. Tocan al nervio de nuestra nueva estructura nacional. ¿Qué he podido decir yo en mi anterior artículo molesto a un catalán para que así arremeta contra mí? Pues simplemente decía que Cataluña no vivió un momento sola, sino siempre unida a las regiones centrales, a Aragón, a Castilla, no sólo política, sino culturalmente. Esto es lo que molesta; con una pertinancia tan ciega como hemos visto, se trata de negar todo lazo espiritual; ésta es, en su fachosa desnudez, la verdad de las cosas.

Y ahora, ¿no ven ustedes que estoy cargado de razón cuando digo que el desamor perdura y que si su signo prevalece no es posible estructurar una España sino peor que la pasada, en que ese desamor se engendró? Si esa psicología rencorosa fuese general, si el ensimismado exclusivismo del genial Prat de la Riba fuera a seguir de moda mucho tiempo, no habría sido inclinarse y decir tristemente adiós cuanto antes a esos hermanos que reniegan la fraternidad.

Pero todos tenemos experiencias en contra y podemos afirmar que esos sentimientos, aunque dominantes entre los luchadores del régimen antiguo, no son generales, ni parecen ser los de las generaciones nuevas. Pero si por transigir de momento con el viejo desamor, por una componenda para salir del paso, tomasen las hojas de la nueva Constitución cualquier pliegue funesto, ¡qué grave deformidad vendría en el cuerpo de España! La que siempre fue una nación, se convertiría en un simple Estado; compartimentos estancos, nacioncillas aisladas, cultivadoras del hecho diferencial, empeñadas en negar obcecadamente, como vemos, los lazo ideales, para quedarse sólo con los lazos materiales que convengan. Peor que un Imperio austrohúngaro.

No nos hagamos ilusiones. Si bajo esta psicología del resentimiento, el Estado Español no tiene respecto de la región una prenda de unión espiritual en la enseñanza, la generación del desamor acabará por raer, con pertinaz trabajo de zapa, todo sentimiento de unidad espiritual; la fuerza moral de la nación, la única fuerza de los pueblos, será arruinada y la disgregación del nuevo Imperio austrohúngaro será rápida.

Pero, dentro del terreno de la cultura, no toda la culpa es de los que en la periferia roen, como carcoma, la unidad espiritual, sino de los que en el centro debieran cuidar de afirmarla.

¡Qué pobre es la literatura en este campo! Nos hacía falta, por ejemplo, un penetrante estudio sobre el concepto nacional de España, partiendo de San Isidoro o, para pedir poco y lo más importante, limitándose a la época en que, con la invasión árabe, la Península dejó de ser un Estado, hasta que volvió a serlo en el siglo XV, bajo el imperio de grandiosas ideas nacionales.

En esa Edad Media bastaría estudiar el maravilloso siglo XIII, sus literatos, sobre todo sus cronistas que, desarrollando viejísimas ideas, expresan a España como unidad operante, realizadora de una misión histórica, común a todos sus reinos. En una región propugna esta idea el obispo de Tuy; en otra, aquel gran navarro, el arzobispo Jiménez de Rada, el hombre que más inspiradamente sintió a España y más doctamente enseñó a comprenderla como un conjunto nacional; después, Alfonso el Sabio, que, al planear la Crónica General fundiendo en su relato las hazañas de León y Castilla con las de Navarra y de Aragón, dice que escribe «del fecho de España», el «fecho» en singular, el hecho unitario de una nación que, por su mal, se fraccionó en Estados varios: «et del daño que vino a ella por partir los regnes».

En ese mismo siglo XIII, la crónica de D. Jaime el Conquistador. Abrimos el libro. El rey aragonés decide ir en ayuda del rey castellano contra una inquietante rebelión de los moros de Murcia; pero los nobles catalanes y aragoneses le niegan su concurso con desabridas respuestas, continuamente reiteradas; tenían rencor de agravios pasados y no pensaban más que en afirmar sus privativos fueros, su Estatuto. Pero al fin los catalanes renuncian a su fuero y se avienen a conceder la ayuda pedida para que D. Jaime, «pueda servir a Dios y auxiliar al Rey de Castilla». No en vano habían nacido en la región que D. Jaime tenía por «la plus honrada terra d'Espanya». Y las razones supremas que el Rey proponía (después de agotadas las de carácter práctico, ineficaces) para que los irreductibles dejasen a un lado el Estatuto en que obstinadamente se parapetaban eran tres razones de orden ideal primera, por servir a Dios; segunda por salvar a España; tercera, porque él y ellos ganasen el prez y el honor de salvarlas: «que Nos e vos haiam tan bon preu e tan gran honor que per Nos e vos sia salvada Espanya». Es decir, los propone el lema «Dios, España y Prez».

Al recordar esta nítida precisión con que el Rey Conquistador percibe, en lo material y en lo ideal, todos los motivos de solidaridad hacia una patria más ancha que su particular patria, y que su reino propio, al ver cómo inculca esos motivos a sus vasallos, no sabemos abandonar las elevadas naves del alcázar historial para salir a la calle. ¡Despierta, Rey Don Jaime; habla otra vez de España a los que no piensan sino en su propio Estatuto! ¡Yergue otra vez tu frente cubierta con ese yelmo de grandes alas avezadas a los vuelos aguileños!

A los muchos catalanes que, como D. Jaime, sienten su nación catalana intimada en la española, a las generaciones nuevas que pueden leer sin torvo desamor las épicas crónicas de su tierra, me dirijo con fervorosa esperanza. ¡Salud!"




Nota: La foto es muy posterior al escrito de don Ramón, pero como aparece Julián Marías a quien también profeso simpatía, pues me he dicho: “vamos a ponerla”, y eso he hecho.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Entrevista a Luis Suárez Fernández (Real Academia de la Historia)



Hoy traemos a nuestra isla de náufragos a don Luis Suárez Fernández, destacado miembro de la Real Academia de la Historia y uno de los mayores conocedores de la Edad Media.

Con él hablaremos de figuras tan interesantes como los Reyes Católicos, Carlos V, Richelieu, o el propio Francisco Franco. ¡No te lo puedes perder!

¡Bienvenidos a un nuevo vídeo de "Entrevistas para náufragos"!

martes, 15 de septiembre de 2015

El estruendo de las plañideras



Cuando estudiaba empresariales tenía un compañero que acostumbraba a salir de los exámenes en estado de pesimismo total: “Fatal. Me ha salido fatal. Se me cargan”. Yo, que no era precisamente Keynes, me dedicaba a darle ánimos. Le decía que no sería para tanto, que ya vería cómo le habría salido mejor de lo que esperaba. Aquello llegaba a resultarle ofensivo; quién iba a saber mejor que él el desastre de examen que había hecho, ¡tenía derecho a lamentar su desgracia! Así que yo agachaba la cabeza y lo acompañaba compungido en vista de su estado de postración. Luego salían las notas, y la más baja de las suyas era un ocho, mientras que yo nadaba en las procelosas aguas del aprobado raspado.

Traigo esto a colación porque últimamente se ha intensificado el estruendo de las plañideras. Veamos, resulta que “España” viene oprimiendo, explotando, jorobando en suma a no pocas regiones desde tiempos del sursuncorda (de hecho la tal España tiene una “deuda histórica” con casi todas), pero como viene a resultar que a estas alturas sólo se reconocen como españolas Soria, Calatayud y Teruel, porque el resto tienen singularidades históricas irreductibles a cualquier categoría humana, sucede que estas tres cimas de la prosperidad constituyen una metrópoli que somete a la tiranía a comunidades que, ¡válgame el cielo!, tienen hasta metro y aeropuerto.

Por lo visto en Calatayud tenemos más derechos civiles que en Tarrasa o en Irún. Por ejemplo, aquí podemos, estoooo, podemos… ¡bueno, podemos hacer cantidad de cosas que allí es imposible porque les detendrían! ¡Cómo no van a protestar de semejante avasallamiento si los tratamos peor que a una mujer taxista en Arabia Saudí!

Luego está el tema de la carga fiscal, que no hay derecho.  Ellos con un IVA del 58% y aquí, a orillas del Jalón, barra libre y tax free. Claro que yo hasta ahora pensaba que los impuestos los pagaban los ciudadanos no los entes históricos, y que como algunos impuestos son progresivos, tal que la renta, los que más tienen pagan más, así que donde hay más ricos se recauda más, pero esta mayor recaudación es un síntoma de bonanza, aunque escueza el bolsillo. Lo sé, hay otros factores (ya me gustaría a mí estar empadronado en Navarra), pero el que he señalado no es precisamente desdeñable. De todos modos, como he indicado al principio, yo en temas de economía ya era un desastre en la universidad y la cosa no ha mejorado.

Puedo entender que Juanita se quiera separar de Bartolo, que ya no sienta nada por él y que cada cosa que hace o dice le resulte cargante, lo que no digiero bien es que la culpa la tenga que tener Bartolo sí o sí; que Juanita no repare en que si Bartolo habla es un parlanchín, si calla un muermo, si sonríe un idiota, si está serio un cenizo. A ver, que Bartolo tiene sus virtudes y sus defectos, como todo hijo de vecino, pero el pobre hombre ya no sabe cómo ponerse para que Juanita no le diga lo mal que no está haciendo en todo momento y lo damnificada que se siente y que por eso se quiere separar.

Tenemos una crisis de proyecto histórico. Tenemos una crisis de liderazgo. No es algo nuevo, viene de atrás (no de Franco, sino ya de antes; aunque parezca mentira entre Franco y el Big Bang había “algo”). Pero precisamente por eso, lo que tenemos ante todo es un COMPROMISO de exigencia, o más exactamente de autoexigencia. Hay que ver qué tenemos que hacer y no qué nos deben a nosotros, lo demás son aspavientos de dama ofendida bastante cargantes, por cierto.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Lince, oso panda, orangután... escritora (especie protegida)



Me detengo a mirar una lista de concursos literarios, los hay de todos los géneros: poesía, ensayo, novela, guiones, terror, humor, deconstructivismo… El que no encuentra el suyo es porque no quiere. En las bases se fija el perfil que deben reunir los participantes; a unos se les exige ser naturales de una localidad o un país, otros tienen que ser mayores o menores de cierta edad, o funcionarios.  De esta última discriminación (“distinción”, si es que a alguno lo de discriminación le suena despectivo) hay una que no entiendo, y mira que le he dado vueltas, me refiero a los concursos literarios exclusivos para mujeres. La verdad, no le encuentro el sentido.

Comprendo que no se quiera hacer competir a un niño de siete años con un adulto de sesenta y dos, que una empresa (aunque sea tan descomunal como el Estado) convoque un concurso para sus empleados, que una región anime a los lugareños a escribir, o a hacer el pregón de sus fiestas, o a vestirse de cabezudo. Lo que no alcanzo a entender es que se hagan concursos literarios (no es uno ni dos ni tres) exclusivos para mujeres.

Hoy día puede haber tantas escritoras como escritores; desconozco su número, pero desde luego no me resulta raro encontrarme con lo uno o con lo otro. Si en algún ámbito no existe discriminación es precisamente el literario, donde la excelencia se demuestra en soledad frente a una hoja en blanco, se pinte uno los labios o se pase la maquinilla cada mañana. ¿Hay algún escritor que no envidie el éxito de J.K. Rowling, la profundidad de Teresa de Ávila o el manejo de situaciones de Jane Austen?

No puedo ni imaginar la que se armaría si un concurso literario tuviese entre sus requisitos que los partícipes fueran “sólo hombres”; no digamos ya si fuera financiado con dinero público. ¿Por qué entonces se trata a las mujeres como menores, o como una débil especie que no puede medir su capacidad literaria con un varón? Me parece que algunos defensores (y defensoras) de las mujeres o no se enteran o les hacen un flaco favor.

martes, 25 de agosto de 2015

La cajera y el burócrata



Voy a un supermercado, compro el doble de lo que pensaba (para no perder la costumbre) y me coloco al final de la fila. Estamos bastante gente. La cajera va a toda velocidad, pero por un momento se detiene, agarra un micrófono y su voz suena por la megafonía: “señorita Patricia, señorita Patricia, acuda a caja”. En menos de un minuto aparece la señorita Patricia que estaba reponiendo yogures y se pone a atender en otra de las cajas. “Por favor, vayan pasando en orden”. Duplicadas las fuerzas todo fluye para alivio de los clientes aunque los yogures tengan que esperar.

Voy a una gran biblioteca pública. Hay varias ventanillas, una para préstamo de libros, otra para devolución de libros, otra para alta de socios, otra para solicitudes de archivo y otra para que no sean pares. Encuentro el libro que buscaba y me coloco en la fila de préstamos. Es bastante larga y el señor que va primero está haciendo una consulta al que atiende. Las otras ventanillas están completa, absoluta y radicalmente vacías. Al frente de cada una de ellas una persona con cara del más completo, absoluto y radical aburrimiento. A ninguno se le ocurre decir que pasemos por su ventanilla, iría en contra de la excelencia de la especialización. En su día en aquella biblioteca recogieron firmas para solicitar que no se amortizaran dos puestos pues se resentiría el servicio. Es lo que tiene la falta de personal…

Acudo a las oficinas de Tráfico, se repite la escena de la biblioteca pero sin libros. En la interminable cola de “Información” un único señor con edad de estar jubilado atiende con santa paz. No se lo reprocho, si todos los días es así tiene tajo ininterrumpido desde el punto de la mañana hasta el día del Juicio Final por la tarde. Por lo visto todo pasa por ahí salvo las citas previas. Incluso para pedir un triste impreso hay que incorporarse a la fila del ciempiés y ver girar el tiovivo de las agujas. Miro a mi alrededor, tres ventanillas vacías, otra con una persona y otra con dos. Está claro, los usuarios no sabemos hacer las cosas bien, ni tenemos el mínimo sentido para adaptarnos a los procesos burocráticos establecidos.


El día que resuelvan gestiones administrativas en los supermercados no tengo la menor duda de adónde acudiré.

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Adónde vamos y a dónde nos llevan?



Aquí hay algo que no encaja. Acabo de leer un titular que ABC que dice: «Javier Arenas: "Los próximos comicios serán los más importantes desde 1977"», no he seguido, estoy cansado. Hace días que desde el nacionalismo catalán se plantean las próximas elecciones regionales como un plebiscito secesionista (también tuvimos en su día un Plan Ibarretxe y otras iniciativas igualmente "creativas").

Vamos a ver, por edad (aunque sé que no lo parece ya cumplí los veintidós) he vivido las primeras elecciones de este último periodo constitucional, y las segundas, y las terceras... y así hasta las últimas. Con contadísimas excepciones cada una de ellas se ha planteado en términos de emergencia nacional, en las que nos jugábamos el ser o no ser. Si es así, ¿qué han estado haciendo los partidos políticos en los últimos 40 años? ¿Cómo un cambio de gobierno puede plantearse una y otra vez como un cambio de régimen? Cuestiones meta-partidistas, como la educación, la estructura territorial o la política exterior de la nación, van dando bandazos sin cesar, no hablemos ya el cuestionamiento de la propia existencia de la nación desde muchas de las instancias que deberían sostenerla.

El reclamo electoral recurrente es éste: «vota (a tal o cual) porque si no esto se va a pique». ¡No puede ser! No podemos estar así continuamente, sometiendo TODO a debate una y otra vez; pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva, borrón y cuenta nueva... ¿Cómo vamos a avanzar? ¿Hacia dónde? ¿Cómo no va a acabar sacrificándose el interés colectivo en favor del de grupos o individuos si carecemos de un proyecto común mínimo? ¡Qué pena y qué pena!, así, por duplicado, o por triplicado mejor: pena, penita, pena.

jueves, 13 de agosto de 2015

Método, método, método



Mi padre me repetía a menudo una consigna a modo de lema o guía de vida: «Método, método; sin método no se puede hacer nada verdaderamente valioso». Método, método, volvía a insistir. Y yo lo oía, pero no lo escuchaba. Para mí era como los mantras que pronuncian los tibetanos mientras dan vueltas a unas ruecas, un sonido monocorde y previsible que como un ruido de fondo acaba por pasar inadvertido.

Ahora que él ya no está sus palabras cobran una densidad inusitada: método, método, y tras ellas escucho otras cosas que él no pronunciaba pero que adivino implícitas: hijo mío, porque me importas te repito esto a pesar de tu indolencia, de tu sonrisa desdeñosa, de la sucesión de síes que pronuncias buscando sólo que te deje en paz. Si no eres disciplinado, sistemático, metódico, no harás nada que merezca la pena. ¡Aprovecha tu vida!

Jesús dijo a los suyos: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré”. Por lo visto el precio que hay que pagar para aprender algunas lecciones es la ausencia. Sólo cuando el sello no está aparece la huella.


Papá, lamentablemente no he sabido ser mejor de lo que era antes, pero al menos ahora soy consciente de que tenías razón. Sin método no hay fecundidad. Quizá aún no es tarde para empezar a aprender.