La peduga de cuatro años berrea en pijama, plantada en medio del pasillo. Entre sollozos repite una y otra vez: “quiero las florecillas del campo”. Debería estar durmiendo hace rato, pero se ha declarado en rebeldía. ¿La razón? Un acendrado espíritu de contradicción y la firme resolución de que nadie pegue ojo hasta que se haga lo que ella quiere (Doctor Estivill, perdónala porque no sabe lo que hace).
Para entender mejor lo sucedido, he de dar alguna explicación previa.
En casa la palabra “acostarse” lleva implícito un elaborado y larguísimo ritual del que no nos dejan obviar ninguna de sus partes. Todo lo que sea dilatarlo es un triunfo para las afectadas.
Una de las actividades que más se prolonga es la de los rezos. Cada nueva oración aprendida, se incorpora al repertorio, sin abandonar ninguna de las anteriores, con lo cual la práctica está alcanzando dimensiones de Vía Crucis. (En la imagen superior, las dos artísticas láminas objeto de devoción doméstica).
Casi todas son colectivas, pero, además, cada partícipe tiene la exclusiva sobre una oración que recita en solitario. La de la más pequeña es Las florecillas del campo, y la noche de marras se había puesto a enredar y saltar, pasando de las florecillas, del campo, y de su santa madre (en realidad, de las dos, de la terrena y de la celestial). Así que al toque de silencio se quedó sin rezarla. Fue entonces cuando se desató en ella un fervor religioso irrefrenable que la llevó a la situación que he descrito al principio de este escrito.
Finalmente hubo que claudicar (Estivill, perdónanos porque tampoco sabemos lo que hacemos), y su madre se la llevó al cuarto de estar para hacer cierta la bienaventuranza de los pacíficos y rezar juntas lo que sigue:
“Las florecillas del campo
las cogí con alegría,
mi mamá me hizo un ramo
para ti Virgen María.
Como soy tan pequeñita
y tengo tan poquita voz,
sólo me atrevo a decir:
¡Viva la Madre de Dios!”











