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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

jueves, 20 de enero de 2011

Cuando la fruta no madura sola


Estos últimos días han retransmitido en televisión una serie documental titulada: “Apocalipsis: la Segunda Guerra Mundial”. Hay que reconocer la pericia de sus realizadores a la hora de resumir en breves capítulos el acontecer de unos episodios trágicos que arrastraron a media humanidad.

En uno de los capítulos abordan el periodo en que los aliados ya habían desembarcado en Normandía y el frente ruso se había abierto, la suerte parecía echada. Podría decirse que la victoria era únicamente cuestión de tiempo, pero esta afirmación, a mi entender, no es del todo cierta. La victoria iba a requerir tiempo, efectivamente, pero además mucho esfuerzo y muchas vidas. Los “vientos de la historia” sólo avanzan si los hombres se implican, porque de lo contrario hacen como el Cierzo, que cambia de sentido cuando menos te lo esperas. Si los aliados se hubiesen detenido para esperar a recoger el fruto maduro, este nunca habría caído. Para obtener la victoria hubo que luchar palmo a palmo hasta entrar en Berlín y alcanzar la Cancillería.

Pongo en relación esta cuestión con algo que sucedió en mi empresa, una cooperativa. Dada nuestra particular configuración societaria (somos a la par trabajadores y propietarios), carecemos de sindicatos o comité de empresa, pero sí tenemos un órgano que nos representa específicamente en cuanto trabajadores. El caso es que yo había sido elegido por mis compañeros para representarlos. Llevábamos mucho tiempo enfrascados en una dura negociación con la Dirección por un tema importante que buscaba mejorar las condiciones de una serie de personas que tenían horarios más duros y peores condiciones laborales. Un día, tomando un café con varios compañeros, el tema salió a relucir. Uno de ellos comentó que a fin de cuentas lo que demandábamos caería por su propio peso al margen de nuestra intervención; sólo era cuestión de tiempo que de forma natural se realizase. Sinceramente, me sentí indignado ante tal afirmación. Se suponía que el desgaste que llevaba sufriendo para procurar esa mejora había sido en balde; un brindis al sol. Un misterioso determinismo histórico iba a conducir a que la Dirección, tan reacia a cualquier cesión en este terreno, motu propio la llevara a cabo.

Naturalmente la fruta no cayó por sí sola del árbol. Tras mucho esfuerzo, conseguimos que nuestras reivindicaciones salieran adelante. Claro que aquellos que se habían limitado a ver pasar el tren se beneficiaron de lo obtenido por los que nos habíamos deslomado poniendo la vía. Es muy posible que tuvieran la impresión de que aquel “ferrocarril” había emergido como las setas en el monte, sin esfuerzo ni determinación.

Cuando se debatió la última reforma de la ley del aborto, en vista del éxito de las movilizaciones, algunos grupos pro-vida lanzaron las campanas al vuelo afirmando que la batalla ideológica ya se había ganado. ¿Seguro? La ley ha prosperado, en España se producen más de 100.000 abortos reconocidos por año (los que piden factura y pagan IVA), la Píldora del Día Después se suministra sin receta médica, y los líderes del principal partido de la oposición dicen que su preocupación es que las niñas de 16 años puedan abortar “sin permiso paterno”, pero ni se les pasa por la imaginación proponer la supresión del asesinato a escala industrial que se produce en nuestro país. ¿Dónde queda esa “victoria ideológica”?, ¿en el mundo platónico?

La victoria se obtiene con determinación y constancia, o, como decía Churchill, con “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Lo demás es espectáculo.

viernes, 14 de enero de 2011

Bronca a los Reyes Magos (después de Navidad)


Queridos Reyes Magos:

Este año me habéis traído una camisa y un muñeco del Pulpo Paul. Tampoco sé muy bien para qué os lo cuento, si sois vosotros los que me lo habéis dejado junto al Belén. No había pedido ninguna de las dos cosas, pero parece que la primera ha puesto contenta a mi mujer y la segunda ha hecho gracia a toda la familia. Os agradezco las pertinaces muestras de interés que mostráis año tras año en vestirme, pero os aseguro que además de gustarme no salir desnudo a la calle, hay otras cosas por las que también siento interés. Nada ostentoso: un buen libro, una película, una invitación a cenar a solas con mi mujer... No sé, sorprendedme.

En todo caso, por favor, para años sucesivos leed bien el remite de la carta, porque os puedo garantizar que las peticiones de vestuario no son mías. Entre mis muchas prendas no está la de ser presumido.

Respecto a mis hijas, os habéis pasado cien pueblos. Bien está que les traigáis regalos, cómo no, pero una cosa es “algún” regalo, y otra un chorreo en cada una de las casas de nuestros familiares hasta quinto grado. Por ejemplo, no entiendo porqué en casa de su tía abuela X habéis volcado un contenedor. Son niñas, no los almacenes de Toys “R” Us. Nos gustaría educarlas en una serie de virtudes entre las que se encuentra la austeridad y que sepan valorar las cosas, pero si lleváis esta marcha, en vez de niñas acabaremos teniendo mentecatas.

Llegados a este punto, tengo intención de decretar el estado de excepción para las próximas navidades. Sé que no es nada democrático, pero es que junto con mi mujer hemos de sacar adelante una familia, no una polis griega. Antes de su entrega se requisará todo objeto que supere las unidades que fijemos los padres. Vivimos modestamente pero nos gusta así. Probablemente esta decisión traerá tensiones internas y externas (Navidades hipertensas), pero los excesos de este último año obligan a medidas drásticas. (Eso sí, en el pósito parroquial están encantados de nuestras aportaciones sustraídas con alevosía y nocturnidad.)

Majestades, me despido de vosotros hasta el próximo año. Ya sabéis que tengo bastante de jacobino, ¡de modo que mucho ojito con los regalos!

Cuidad bien de los camellos que también estamos en la protectora de animales.

Se despide atentamente:
Rafael

jueves, 13 de enero de 2011

¿La Fontana de Trevi convertida en un balneario de aguas termales?


Fue una puñalada trapera del noticiario televisivo. Decían que querían conmemorar los cincuenta años de la mítica “La dolce vita”. ¡Pues os habéis lucido!

No es una película que me emocione, para qué engañarnos, se me hace muy pesadita, pero hay que reconocer que Anita Ekberg se salía de la pantalla (o los ojos de la cara al espectador, que todo puede ser). Cuando Silvia (Anita Ekberg) llamaba al joven italiano: “¡Marcello!”, a uno, tartamudeando, le daban ganas de responder: “¿Es a mí? ¿Es a mí?” El peliculón en su día fue un escándalo, y no era para menos; daba un puñetazo de testosterona por conducto visual dejando noqueado al espectador durante 174 minutos.

Pero con la celebración del homenaje (?!) televisivo se acabó el escándalo. Consiguieron aniquilar aquello con lo que no pudieron ni las condenas eclesiásticas ni la censura oficial. El telediario asesinó al mito, a la diosa, la diva, la leyenda. ¡Cincuenta años de “La dolce vita”! Y allí estaban las famosas imágenes del bañito de marras en la Fontana de Trevi, la provocadora feminidad, la rubia cabellera como única protección de la espalda desnuda, todo estudiadamente casual, cuando de repente aparece hablando Anita Ekberg en la actualidad, con la voz rota y los años implacables inscritos sobre la faz. ¡Qué es eso!

Cambio de argumento: “¡Marcello!” “Se ha ido a por tabaco, dice que no lo esperes despierta, que hasta que no se fume el último cigarro no entra en casa. Y que si el estanco está cerrado él espera lo que haga falta hasta que lo abran.” ¿Qué ha pasado? ¿A qué realidad cruel llamamos “tiempo”? ¿Dónde va a parar la belleza esquiva, la lozanía de la juventud? Sólo queda la imagen congelada; lo que un día fue y ya nunca volverá.


En una novela que estoy leyendo, y de la que igual un día hablo, “Riña de gatos. Madrid 1936” (premio Planeta 2010), un crítico de arte inglés está admirando un retrato de Felipe IV y el narrador dice:
“La belleza a la que ha consagrado su vida le ha traicionado al no envejecer con él. Con trescientos años a cuestas, Silver Philip es hoy tan joven como la primera vez que lo vio, y lo seguirá siendo cuando él ya no esté.”

El tiempo se fuga, las imágenes quedan. Gloria de un día, cómo te escapas.

El periodista ya está dando otra noticia. No sale humo del televisor, ha sido un asesinato aséptico. Ahora me doy cuenta, el tiempo ha sido el ejecutor, el informador sólo ha levantado acta de defunción. Ilusión de celuloide. ¿Acaso no consisten en eso los mitos?

domingo, 9 de enero de 2011

Lo poco gusta, y lo mucho cansa


Todavía asoma una sonrisa a mis labios cuando recuerdo a aquel humorista disfrazado de Rambo en mitad de una rueda de prensa preguntando con voz arrastrada a Silvester Stalone: “¿Dónde está el coronel Trautman?, ¿y los muchachos?” Era algo novedoso en televisión. Hasta entonces había existido una clara separación entre los espacios de humor, y las presentaciones y entrevistas “serias”.

Más tarde llegó Caiga Quien Caiga. Particularmente los primeros programas fueron simpáticos. Políticos, artistas, periodistas, veían aparecer a un extraño reportero, micrófono en mano, vestido a lo años setenta y con una negras gafas de sol. En muchos casos, tomándolo en serio, procuraban contestar con solemnidad a las preguntas más disparatadas.

Eso fue al principio, porque enseguida se hicieron conocidos y desaparecido el efecto sorpresa, nada volvió a ser igual.

Ahora la fórmula se ha multiplicado por dieciocho mil. En cualquier presentación, gala, rueda de prensa, un tropel de “graciosos” se abalanza sobre los protagonistas para hacerles preguntas que pretenden ser ingeniosas, pero que frecuentemente son impertinentes. Una vez que el gracioso o la graciosa de turno ha soltado su estudiada ocurrencia, la víctima ha de tratar de salir al paso, respondiendo algo ocurrente que esté a la altura de la pregunta. Pero como la inmensa mayoría de las personas no somos Groucho Marx, suele suceder que queda uno como un pasmado, un estirado o un memo. Todo sea para mayor gloria del entrevistador.

Nada tengo contra los programas de humor. Dios me libre. Ni contra las bromas sanas. Pero pienso que el abuso, en cualquier orden, acaba por perjudicar aquello mismo que se pretende ensalzar. Hay casos en los que se ha cruzado claramente la línea de lo admisible. A modo de ejemplo, me viene a la cabeza un programa radiofónico en el que hacen bromas telefónicas. En una de ellas, haciéndose pasar por el sacerdote que la va a casar, preguntan a la prometida si es virgen. A lo cual la interpelada, bastante corrida y pensando que está manteniendo una conversación privada con un religioso, responde. Cuando se escucha la grabación en el estudio todos ríen, y yo no acabo de encontrarle maldita la gracia.

Cuando se pierde el respeto, cuando se vilipendia a alguien (sea quien sea) para lucimiento de otro, a eso no se le llama humor, sino infamia. Y quien tal acto comete no es un humorista, sino un hombre ruin.

No deberíamos perder de vista la vieja fórmula: “No me río de ti, sino contigo”.

viernes, 7 de enero de 2011

Carta a Gabriel Albiac


Estimado Gabriel:

Te leo con gusto, es cierto. Me pasa con unos pocos ¿articulistas?, ¿escritores?, ¿pensadores? Eso no quiere decir que siempre esté de acuerdo con lo que decís, pero sí que disfruto con lo que escribís y me interesa conocer vuestro punto de vista, lo cual no es poco en un mundo sobresaturado de palabras.

Me gusta el modo en que construyes tus argumentos; tu fina ironía; la relampagueante dramatización que despliegas para poner al desnudo las claves históricas que dan significación a los acontecimientos. Eres brillante, qué duda cabe.

Sin embargo, más allá de acuerdos y desacuerdos, hay algo que me parece peligroso, corrosivamente peligroso –particularmente para ti mismo-; me refiero a la desesperanza.

Cayó tu dios como el Hijo del Sol naciente, destronado por la realidad. Aquel a quien tantas vidas se habían ofrecido resultó ser sólo un mortal más. En el caso del nipón, vino a ser sólo un hombre de carne y hueso; en el del marxismo, una ideología más, incrustada en las corrientes de la historia. Pero como sin Dios, no hay salvación, se te hizo evidente la mayor de las catástrofes: hagamos lo que hagamos, estamos fatalmente condenados.

En “Diccionario de adioses” llegas a afirmar que se nos exige “desesperar del hombre y de su mundo. Y hacer, de esa desesperación irrenunciable, imperativo ético”. ¿Te das cuenta de lo que dices? Desesperación es el nombre de la puerta que conduce al infierno: “Dejad atrás toda esperanza, vosotros que entráis”. Ciertamente “infierno” es en lo que se convierte un mundo en el que Dios ha sido desterrado: “etsi Deus non daretur”, (o bien ha sido reemplazado por ídolos que pueden llegar a usurpar el mismo nombre de Dios, que para el caso es lo mismo). Pero bien advirtió Dostoievski que si Dios no existe todo está permitido. No hay imperativo ético alguno. Si “el otro es el infierno”, ¿qué comportamiento ético le es debido al infierno? El averno es el reino de la abominación, la antítesis de lo Bueno, lo Bello, lo Verdadero, lo Unitario. Es el ámbito de la maldad, la aberración, la mentira, la discordia. ¿Cómo va a brotar de él un imperativo ético?

Si el mundo y el hombre estuvieran absolutamente corrompidos, todavía tendríamos la noción de bien, aunque fuera como lo ausente, lo que echamos a faltar. ¿De dónde brotaría esa idea apetecible?

Recuerda, Gabriel, que el dios que muere no es un dios, porque si algo caracteriza a Dios es precisamente su inmortalidad. Lo que se te murió no fue un dios, sino una farsa. Pero de ello no se concluye que todo es farsa. La farsa sólo es posible como suplantación de lo que es cierto. Es un quiste que vive parasitariamente a costa del verdadero órgano.

Quien desespera no busca, y quien no busca, no encuentra. Los demonios tienen fe, pero no esperanza. Y si algo sé, es que tú no eres un demonio. No tengas miedo. Dios es Logos, no Dionisos. No te va a pedir que cierres los ojos, sino que los abras de par en par, dispuesto a llenarte de realidad.

Te deseo un feliz y prometedor 2011.

Atentamente.
Rafael Hidalgo

jueves, 23 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!


El clan familiar al que pertenezco os desea una Feliz Navidad.

Dado el buen hacer de mi sobrina Pilar en su papel de Virgen María, para la felicitación repetimos a la intérprete acompañada de un niño Jesús menos expuesto (al menos en intensidad) a la fuerza gravitatoria que el anterior.

Aprovecho para felicitar a Pilar y a todas sus compañeras de "coro" por haber ganado el Concurso de Villancicos Ciudad de Zaragoza. Hay arte, hay salero, hay saber estar, y ay, ay, ay, que las enredadoras de sus primas (es decir, mis hijas) al final se tuvieron que subir también al escenario porque tienen que meterse en todos los ajos.

¡Hasta el 2011, blogueros!

PD. Por si alguno anda sobrado de tiempo estos días, en su momento colgué un relato navideño dedicado a mis dos sobrinas más pequeñas (aunque son las inspiradoras, se cambian algunos datos, porque no deja de ser un cuento de ficción). Quien desee leerlo puede hacerlo pinchando AQUÍ.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carta al niño Dios


Señor, no entiendo nada.

Cuántas veces te he pedido que me hablaras, que dieras respuesta a mis preguntas. Cuántas veces te he dicho que si no te oía con los sentidos no tendría seguridad en tus palabras. Y ahora te presentas así, balbuceando, llorando, gimiendo... ¡hasta te haces pipí encima! ¿Quién eres?

Te imploré justicia. El mundo está mal, muy mal. Los poderosos dictan las leyes a su conveniencia y tiranizan a los débiles. Creí que tu mano poderosa los derribaría. Pero tú acabas siendo el perseguido, el exiliado que huye a una tierra extranjera para que no lo maten. ¿Qué justicia es esta?

Han asesinado a muchos niños por tu causa. Tus padres eran pobres y ahora han tenido que dejar atrás lo poco que tenían. ¿Por qué obras así?

Desde los albores de la humanidad los sabios han estudiado quién eras. Yo mismo, ignorante, indagaba, buscaba, reflexionaba, te llamaba. Pero anuncias tu venida a un grupo de pastores ignorantes, rudos, que no saben leer ni escribir, que hablan un extraño dialecto apenas inteligible, en una tierra deslucida, marginal. ¡Y lo haces de noche! No entiendo nada. ¿Te burlas de nosotros? El Dios vivo, esperanza del mundo, yace en un pesebre para ser adorado por unos hombres malolientes plagados de pulgas. Parece una bufonada sacrílega.

Te pedía que me quisieras; sentir tu amor, saberme protegido. Y te presentas ante mí como un niño menesteroso, necesitado de cariño. ¿Tú? ¡Era yo quien lo demandaba! ¿Cómo vas a atender a mis necesidades si no te vales en nada? ¿Cómo salvarás al mundo así, desnudo, perseguido, pobre?

¿Hiciste los astros, los mares, la vida, y no te tienes en pie? ¿Eres el Logos que estaba en el principio y no sabes articular una palabra? ¿Qué clase de Dios eres?

Eres pregunta y eres respuesta. Eres camino y eres meta. Eres misterio y eres presencia. Eres incómodo y el único que reconforta. ¿Quién eres, niño? Dime quién eres.