
Este breve relato me lo publicaron en la revista Atresvete en diciembre de 2008. He introducido alguna pequeña corrección de estilo:
"Elías atizó la lumbre. Pronto llegaría un cliente muy especial y no era cosa de que la estancia estuviese fría. Acurrucado frente a la chimenea dejó volar sus pensamientos al compás del crepitar de la hoguera.
"Elías atizó la lumbre. Pronto llegaría un cliente muy especial y no era cosa de que la estancia estuviese fría. Acurrucado frente a la chimenea dejó volar sus pensamientos al compás del crepitar de la hoguera.
Por fin un poco de buena suerte, se dijo. Tantos años rezando porque las cosas le fueran bien y cuando todo parecía perdido, el edicto de Augusto le había caído como llovido del cielo. No sólo se había llenado la posada sino que, para colmo, se iba a hospedar el más importante proveedor de caballos del rey Herodes. ¡Increíble fortuna!
Belén ya no era lo que antiguamente. Mucha gente había emigrado y la que quedaba era pobre de solemnidad. Si Elías y su esposa subsistían era gracias a las ovejas que tenían en propiedad, pero su explotación tampoco representaba un gran negocio; entre otras cosas porque los insufribles pastores eran gente aprovechada y siempre que moría alguna res decían que era de Elías y no una de las de ellos. Tampoco valía la pena discutir; con ese extraño dialecto que hablaban no había manera de sacar nada en claro.
Toc, toc.
- ¿Llaman a la puerta? –gritó Sara desde el dormitorio.
- Ya lo he oído. Pero estate tranquila.
Elías se levantó para abrir. Su mujer tenía ciática y con el embarazo apenas se podía mover de la cama. Convenía que reservase sus fuerzas hasta el último momento.
Probablemente sería Rajab, su inquilino “especial”. Sin perder un momento, se dirigió a grandes zancadas hacia la entrada.
Con contenida excitación abrió la puerta. Pero la sonrisa se le desdibujó apenas vio ante sí a un ojeroso peregrino paupérrimamente ataviado.
- La paz contigo, posadero. Por amor de Dios, necesitamos hospedaje. Mi esposa está en cinta y ha comenzado a sufrir algunas contracciones. Llevamos todo el día viajando y…
Elías no se molestó en mirar a la mujer que, montada en un asno, aguardaba a su marido. Las encallecidas manos de aquel hombre lo decían todo: pobreza, vil pobreza.
- Está completo- atajó sin dejarlo acabar. Y cerró la puerta a su espalda.
- ¿Quién era? –preguntó su esposa lejanamente.
- Nadie. Ya te avisaré cuando venga.
Avivó de nuevo el fuego y echó otro leño. Una mueca de satisfacción le asomó en los labios. Sí, Yahvé había oído sus plegarias. “Mi Señor, ¡permite a tu siervo acoger a alguien importante!”, le había suplicado una y mil veces. Y ahora al fin iba a hospedar a toda una personalidad. Quién sabe si podría llegar a oídos del propio Herodes su buena acogida. ¿Por qué no? Estas cosas nunca se saben. A lo mejor el rey mandaba para allá a alguno de sus hombres antes de lo que cabía esperar; seguro que para entonces ya habría nacido su primogénito..."
