
Una nariz chata, 2 coletas, 16 kilogramos, 7:40 de la mañana. Ante ella el vaso con zumo de naranja reposa todavía intacto. Deja de enredar con los cereales que hay sobre la mesa y me mira muy atenta:
- Papá, ¿quién es más importante: Dios, las personas o la comida?
Me tomo un par de segundos para valorar bien la respuesta. Finamente, arranco:
- El más importante es Dios.
- ¿Y después?
- Las personas.
- ¿Y luego?
- La comida.
Todavía no me he dado cuenta de que estas preguntas no son sino el principio de una construcción argumental.
- Papá, entonces ¿quién manda más, Dios o las personas?
- Pues Dios.
Me ha llevado al terreno que ella quería. El pequeño predador verbal siente que su adormecida presa está a su alcance y se lanza como un relámpago sin dejar entrever el menor atisbo de duda.
- ¡Lo ves! ¡Entonces nosotras no os tenemos que hacer ningún caso!
Es más que una afirmación; es un grito de júbilo.
No puedo evitar estallar en una carcajada. Es la derrota más divertida que he sufrido en mucho tiempo. Lo sé, ha usado un argumento falaz. ¡Pero es que tiene tres años, qué caramba!
Ni el suceso está a la altura del Gorgias de Platón, ni la pequeña sofista que se alza victoriosa frente a su zumo es Protágoras, ni por supuesto un servidor le llega a Sócrates a la altura de las sandalias (entre otras cosas porque solía ir descalzo), pero si la cosa sigue así, los diálogos de sobremesa prometen. Ya lo creo que prometen...







