
Dejo en casa a mis mujeres, unas acostándose, la perla luchando porque se acuesten. Esta vez una razón de peso me releva de mi cometido habitual: Loquillo y su banda van a tocar en el paseo Independencia como colofón a las fiestas del Pilar.
He quedado con mi amigo Alberto; llego cinco minutos tarde; no es falta grave y él me absuelve sonriente. Nos saludamos felices del encuentro y de lo que nos espera. Distintos grupos y atracciones tratan de captar la atención de los viandantes a lo largo del paseo, pero nuestra meta está clara, así que apenas nos detenemos.
Ocupamos posiciones bastante adelantadas. Nada de pantalla, queremos ver al roquero directamente, frente a frente, para teles ya está el salón de nuestra casa.
Se encienden las luces, sale el maestro y suenan los primeros compases de "En las calles de Madrid". ¡Comienza la función! Una tras otra, Loquillo va entonando distintas canciones de su repertorio. Todas contundentes, retadoras, arrogantes. Pueden gustar o no gustar, pero nunca dejan indiferente. Para mi asombro todo alrededor son cuerpos inertes que miran impávidos. ¿Estarán muertos?
Continúa el concierto. Loquillo está en plena forma. Me resulta casi increíble. Lo he visto en los 80 y en los 90 y no ha perdido ni un ápice de energía. Se entrega al máximo y el público continúa inalterado. ¿Ha llegado la quinta glaciación y yo no me he enterado?
Explota la mayor bomba de hidrógeno del rock español: "Carne para linda". Loquillo no canta, ruge como un león marcando el territorio ante sus adversarios. La honda expansiva debería levantar la ciudad por los aires, pero la gente sigue igual, mirando un escaparate.
¿Es esta la generación de los sesenta y los setenta? ¡Por Dios, yo nací el mismo año en que París se cubría de barricadas y Praga ardía plantada frente a los tanques rusos! ¿Qué hay tras las revoluciones?, ¿autismo?
Pisan el escenario Jaime Urrutia de Gabinete (el más flojo en esta ocasión), Sopeña, el genio Sabino Méndez, Amaral más guapa que nunca. Todo parece indiferente a los maniquíes que nos rodean.
La gente es incapaz ni de pedir los bises. Sólo esperan sonámbulos hasta que el grupo vuelve a tocar.
Finalmente con las tres últimas canciones Loquillo ejerce sus dotes de taumaturgo. ¡Resucita a los muertos! Se empiezan a ver palmas, a oír coros, a notar movimiento. Más vale tarde que nunca, aunque nunca, nunca estuvo tan cerca.
Jamás pensé que bailaría en un cementerio, pero lo he hecho durante casi dos horas. Eso sí, la poca voz que me quedaba con el trancazo que arrastro desde hace diez días la he perdido.
No importa. ¡Aunque mudo, estoy vivo! Eso sí, en medio de un país dormido. Duermen los ciudadanos con sus partidos políticos sufragados. Duermen los trabajadores y parados con sus sindicatos subvencionados. Duermen los padres con la televisión convertida en "educadora" de sus hijos. Todos duermen. Es el reino de los durmientes. Zombis con horchata en las venas que ya no reaccionan ni tan siquiera ante un buen concierto de rock & roll.






