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BITÁCORA DE RAFAEL HIDALGO

domingo, 11 de julio de 2010

Evasión o victoria


«Evasión o victoria». Tal parecía la final de la Copa del Mundo de Fútbol. Afortunadamente, los nuestros han sido los "buenos", y no por ser los nuestros, sino por su juego limpio y constructivo, mientras la selección holandesa se ha enfangado en un estilo bronco y agresivo.

Y se suceden los pases, y los agarres, y las patadas, y las escapadas, y Holanda demuestra que sabe jugar cuando no va a la gresca, pero recae una y otra vez; y España no se arredra, y pasa el tiempo, y el partido acaba en prórroga, y mi mujer va a la ventana, y se sienta, y se vuelve a levantar porque los nervios afloran. Y los golpes y contragolpes se suceden; y se acercan los penaltis, cuando Iniesta busca y rebusca y arriesga, y como el maestro Yoda, no lo intenta sino que lo hace, y chuta con fuerza y precisión, y la pelota entra en la red, y mi mujer vuela por los aires porque la he cogido en volandas, y por la ventana abierta por el calor sofocante y húmedo entra un estrépito que grita un monosílabo como un big-bang: "¡gooooool!"

Y los dos últimos minutos se nos ha olvidado qué es eso de estar sentados. Y el árbitro ("manifiestamente mejorable") pita el final. Y vemos que a veces triunfa la justicia, y gana el mejor, con elegancia, con buen hacer, con humildad, con coraje, con alegría, con camaradería.

Y me digo a mí mismo que ya soy mayorcito para algarabías, y mi mujer, contenta, me recuerda que al día siguiente es laborable. Y me contesto que sí y le respondo que sí, pero me enfundo los vaqueros y una camiseta y me calzo unas zapatillas y salgo a la calle a escuchar bocinazos y gritos y bullicio, y me encuentro inmerso en una riada humana que va hacia el centro de Zaragoza con banderas de España y camisetas de la selección. Y por un día nadie es de estos ni de aquellos, ni sospechoso de lo uno o lo otro. Y muchos ecuatorianos y un grupo de marroquíes y varios de negros de vete a saber dónde se unen a la fiesta que han hecho propia.

Y sé que es sólo fútbol, pero por una vez parece que estamos todos de acuerdo en quiénes son los nuestros, en que hay un nosotros, en que nuestra bandera no es una vergüenza sino el signo de una comunidad. Y vuelvo a casa empapado en sudor porque la temperatura es de unos doscientos grados celsius y treinta mil fahrenheit y ha llovido hace un rato. Y ya de madrugada y después de ducharme me siento a escribir esto y me digo que me ha gustado, que ojalá pudiéramos celebrar más cosas juntos, y no sólo gestas deportivas, y que los aguafiestas y malmetedores se podían estar calladitos unos días más, que ninguno, ninguno en absoluto, les hemos echado de menos. Y me voy a la cama, aunque sé que apenas voy a pegar ojo, pero esta noche no me importa. Y sonrío porque la victoria de once lo es de millones, y entre ellos, estoy yo.

jueves, 8 de julio de 2010

¿Por qué no me interesan las entrevistas a políticos?


Por sistema evito leer la mayor parte de las entrevistas que realizan a políticos. No me interesan por su predecibilidad; porque jamás se salen ni un milímetro del guión, y cuando lo hacen, suena a impostura, a buen rollito, a colegueo barato.

Tienen respuesta para todo. Parecen desconocer la perplejidad que a todos los hombres nos acompaña. ¿Para qué existirá la ciencia y la filosofía si todo está tan claro?

Como lo saben todo, dan lecciones a todos. Nunca yerran, y si alguna vez reconocen cometer errores es a condición de no aludir a ningún hecho concreto, enunciarán un genérico y magnánimo “también yo me equivoco”.

La realidad, según ellos, es blanca o negra. Si se les pilla en una tropelía, automáticamente se convertirán en acusadores del partido contrario, tratando de envolvernos en la falacia de que todos pertenecemos a algún partido y, por tanto, estamos contaminados por sus desmanes.

Cuando visitan a un enfermo, o dan un euro, o colaboran en alguna actividad “solidaria”, se rodean de flashes y micrófonos, para que quede constancia de su gesto fugaz e interesado. Darán dos palmaditas a quienes se la juegan día a día, y ya no se les verá el plumero por aquel lugar.

A mí me resulta interesante la gente que sabe decir “no lo sé”, “perdóname”, “tienes razón, yo estaba equivocado”, “desconozco sobre este tema, así que lo más prudente es que no diga nada al respecto”, “yo tampoco lo entiendo”, "me has convencido". Me gusta estar con personas que se forman en una materia y dedican un tiempo a escuchar y pensar por sí mismas.

En definitiva, me gusta la gente sincera, no que finge sinceridad. Me gusta la gente curiosa y formada, no sabelotodo. Me gusta la gente humilde, no vanidosa ni sectaria. Me gustan las personas, no los secuaces. Por eso me interesan tan poco la mayor parte de los políticos al uso.

miércoles, 7 de julio de 2010

Rebelión en la granja... toledana


Rebelión en la Granja fue publicada por vez primera en agosto de 1945, recién acabada la segunda guerra mundial. En dicha obra George Orwell (1903-1950) hacía una crítica al régimen de terror instaurado por Stalin, pero al presentarla en forma de fábula, la misma quedaba revestida un carácter universal que la hace válida para cualquier forma de totalitarismo.

El libro narra la insurrección de los animales de una granja, que consiguen expulsar a los granjeros e instaurar un sistema igualitario. Sin embargo los cerdos, con Napoleón a la cabeza, se van haciendo con el control de la situación, hasta instaurar una férrea tiranía.

Orwell tuvo serias dificultades para que su obra fuera publicada. La Unión Soviética estaba aliada con Gran Bretaña y gozaba de buena prensa entre la intelectualidad británica.

En 1971 fue hallado un prólogo que finalmente no había sido incorporado al libro y se daba por perdido. En el mismo, Orwell denuncia la complicidad de los intelectuales británicos con la dictadura estalinista, los acusa de hacerse eco de las mentiras que se propalaban desde el poder soviético y de silenciar aquellos hechos que no se adecuaban a la política de Stalin. Y pone un ejemplo:


La BBC celebró el XXV aniversario del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafalgar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el hecho no provocó la más mínima protesta por parte de nuestros intelectuales.


Traigo a colación este episodio porque el próximo 19 de julio el Príncipe Felipe va a inaugurar el nuevo Museo del Ejército en el Alcázar de Toledo, que incorpora las exposiciones que hasta ahora se ubicaban en el museo madrileño. Y viene a resultar que en la nueva muestra se ha eliminado escrupulosamente cualquier referencia al sitio que el propio Alcázar sufrió durante la guerra civil española. Episodio que, por encima de cualquier componente ideológico o político, es estudiado en diversas universidades del mundo y forma parte de nuestro patrimonio histórico.

También ha sido suprimida de la muestra la parte referida a la División Azul, que hasta la fecha contaba con una sección en el museo madrileño. Cinco mil divisionarios dejaron la vida en el frente Ruso, y casi 9000 resultaron heridos. A ello hay que añadir aquellos que acabaron en campos de concentración rusos durante más de una década.

En el fondo, son mecanismos totalitarios que pueden perfectamente incardinarse en una democracia adulterándola. Allá donde alguien quiere imponer su criterio sin tener en cuenta a los demás, manipula la realidad para obligar a sus víctimas a ver el mundo según su criterio y a obrar según sus propósitos.



Aquí se ve claro que el principio evangélico según el cual la verdad nos hace libres, tiene su reverso siniestro: la mentira nos somete.

martes, 6 de julio de 2010

La carga

Lo contó hace algunos años un misionero.

Había estado destinado en los Andes, y en una de sus travesías se encontró con una niña que no tendría más de seis años y portaba a sus espaldas a su hermana pequeña. El religioso se compadeció de la muchacha y le preguntó:
- ¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada?
A lo que la niña respondió inocentemente:
- No es una carga, es mi hermana.

Al misionero aquella respuesta le impactó, y confesaba que desde aquel día cada vez que alguien se le hacía pesado por cualquier motivo, se decía a sí mismo: "no es una carga, es mi hermano".

lunes, 5 de julio de 2010

Dos españoles únicos





El presente artículo lo escribí en 2005. Lo envié bastante extractado a la revista TU Lankide de la Corporación Mondragón que lo publicó en uno de sus números. Entonces se cumplía medio siglo de la muerte de Ortega y Gasset, y 25 años de la de Félix Rodríguez de la Fuente. Hoy ya son 55 y 30 años respectivamente los que han pasado desde que estos dos genios dejaron este mundo. Vaya en su memoria el presente escrito.





Este año 2005 se han producido dos efemérides de especial significación: el cincuentenario de la muerte de José Ortega y Gasset, y los veinticinco años del fallecimiento de Félix Rodríguez de la Fuente. La España actual sería incomprensible sin estas dos figuras que nos han dejado una fecunda impronta en sus respectivos ámbitos de actuación, la filosofía y la biología en su más amplio sentido.

Ambos personajes comparten una serie de cualidades que les han permitido llevar a cabo una labor de plenificación en sus áreas de conocimiento que no han tenido parangón en la época contemporánea. ¿Qué cualidades son esas?

Para empezar el entusiasmo por la realidad. Los dos sienten que el mundo es valioso en sí mismo, atractivo, hermoso, amable, digno de ser descubierto y comprendido. Uno se queda extasiado ante la hermosura de una idea iluminadora o frente a los trazos de un cuadro de Velázquez, el otro observa paciente al abejaruco alimentando su ruidosa nidada o al lince ibérico avanzando agazapado hacia su presa.

También comparten un espíritu generoso que les lleva a querer comunicar esos hallazgos, no los acaparan o los reservan para unos pocos “iniciados”. Quieren que el mundo participe de esas inestimables riquezas que ellos van poseyendo. Por eso buscan los medios de darlas a conocer, de enriquecer al mayor número. Pero para llegar a mucha gente deben poner a su alcance conceptos que no siempre son asequibles, por eso tienen que crear un lenguaje que, partiendo del uso común, sea capaz de alumbrar con nuevas reverberaciones las realidades metafísicas o naturales con que se encuentran. De ahí que su tarea fructificadora comience por la del propio idioma. Sabiduría y divulgación son sus estandartes.

Siempre me ha llamado la atención la afirmación de Ortega en La deshumanización del arte según la cual cada época histórica mantiene en todas sus manifestaciones una “sorprendente y misteriosa” solidaridad consigo misma. Pintores, músicos, escritores... todos manifiestan los mismos valores estéticos. A este hecho no son ajenas las dimensiones humanas no artísticas, como puedan ser la filosofía o la biología.

Según Julián Marías la época en la que vivimos comienza con la generación del 98. De su simiente recogemos nuestras cosechas. Nuevos aires oxigenan Europa pero esta vez España decide darse por enterada a tiempo e inicia una de sus épocas más esplendorosas.

En filosofía Husserl (1859-1938) abre una nueva página del conocimiento gracias a su fenomenología. Cuando la madre de las ciencias parecía languidecer bajo las brumas del positivismo y del psicologismo, el pensador austriaco la rescató para abrir sus puertas a nuevas realidades. Había que superar el idealismo que había esterilizando el pensamiento filosófico, había que contemplar cada cosa en su propio ámbito, en su propia realidad, de modo que fuera de veras comprendida. Husserl todavía recelaba de la metafísica, por lo que propone un método que sea exclusivamente descriptivo.



La consigna estaba dada: “Rescatar la realidad. Rescatar y respetar toda realidad”. Si bien el pensador moravo recaería en un sutil idealismo esto no quita para reconocer que su aportación al mundo del pensamiento ha sido decisiva.



Ortega y Gasset pronto reaccionaría a la llamada y, mediante su razón vital, pondría a la altura del tiempo la filosofía española. Pero no se limitaría a la cátedra o a la tribuna, sino que se apoyaría en la prensa de la cual han emergido la práctica totalidad de sus libros.

Las ideas de Ortega podían ser leídas y, lo que es más importante, comprendidas por cualquier lector español. Desde las páginas de El Sol o Crisol cualquier ciudadano podía acceder a quehacer filosófico del gran maestro, y así descubrir que el mundo debía ser mirado con nuevos ojos; que no me puedo comprender aislado de mi circunstancia, ya que ella es una parte constitutiva mía; que la realidad humana es narrativa, histórica, dramática.

Pero, ¿qué pasaba en el campo de las ciencias naturales, de la biología? Lo que sucedía es que otro ilustre austriaco, Konrad Lorenz (1904-1989), iba a dar un giro en el modo de comprender el mundo animal empleando como herramienta de trabajo la observación en el medio natural. Su carácter principalmente descriptivo, sería criticado por muchos de los biólogos del momento que entendían que toda investigación debería realizarse en condiciones de laboratorio. Lorenz pone en marcha la “etología” entendida como la ciencia que estudia el comportamiento animal.



¿No se percibe cierto parentesco entre los planteamientos de Husserl y los de Lorenz? ¿No propone el primero contemplar cada cosa en su contexto propio y el segundo observar a las especies en sus propios medios? ¿No parten ambos de un respeto por la realidad?

Heredero en gran medida de los planteamientos del padre de la etología, Félix Rodríguez de la Fuente iba a ser ante todo un “observador de campo”, o, lo que más tarde se llamó, un naturalista.

En España unos pocos naturalistas dedicaban sus esfuerzos a conocer y proteger nuestro patrimonio natural, pero eran, en el mejor de los casos, raras avis. Félix consiguió, en relativamente pocos años, que un país en el que las leyes defendían lo que se llamaba la “extinción de las alimañas y los animales dañinos” se elaborasen normativas que defendiesen a nuestras especies salvajes, como el lobo o el halcón peregrino. Leyes pioneras en Europa, hay que decir, pues países con mayor tradición proteccionista como Alemania, Gran Bretaña o Francia irían a la zaga de España. Pero ese logro pasó por introducir en los hogares españoles las vidas y costumbres de los más diversos especímenes, así pudimos contemplar la nutria nadando gracilmente por las aguas de un río en busca de pescado o al águila real arrancando de un peñasco a una joven cabra ibérica.

España no es la misma desde que Ortega y Gasset o Félix Rodríguez se sumergieron en sus intensas vocaciones con un grado de autenticidad envidiable. Hagamos fructificar su legado y seamos cada día un poco más sabios y un poco más respetuosos con nuestro medio ambiente.

domingo, 4 de julio de 2010

Dios, historia... nada



En 1305 era proclamado Papa Bertrand de Got que tomaría el nombre de Clemente V. A instancias de Felipe el Hermoso de Francia, trasladó la sede apostólica a Aviñón, y allí permanecería durante setenta años. Luego se produciría el Cisma de Occidente, que dividió a la Cristiandad desencadenando uno de los periodos más penosos de la historia de la Iglesia.

Sin entrar en la polémica desatada con este Cisma, el hecho es que los Papas de Aviñón previos al Cisma son sucesores indiscutibles de Pedro, como lo son León XIII, Juan XXIII o Benedicto XVI.

Dado que durante casi todo el siglo XIV Aviñón fue la residencia pontificia, allí se fue levantando la "segunda Roma", atrayendo a los mejores artistas, arquitectos, científicos... de Europa. Benedicto XII (1334-1342) comenzó la construcción del sin igual Palacio de lo Papas (hoy día Patrimonio de la Humanidad), que sería la sede de Clemente VI (1342-1352), Inocencio VI (1352-1362), Urbano V (1362-1370) y Gregorio XI (1370-1378) hasta la marcha de este último a Roma.

Durante la Revolución Francesa, Aviñón y Venaissin, que eran territorios papales, fueron anexionados por Francia, e inaugurando una práctica que se repetiría indefectiblemente en los procesos revolucionarios posteriores, los revolucionarios se dedicaron a saquear y profanar los edificios religiosos. Así, las tumbas de los Papas aviñoneses serían decapitadas. (Lamentablemente las decapitaciones no se limitaron a las estatuas de piedra).

Ahora Miquel Barceló presenta una exposición en el mismísimo Palacio de los Papas que pretende rememorar la que Picasso realizara en ese mismo lugar en 1970. Entre las obras expuestas por el artista mallorquín se encuentran una serie de máscaras de mounstruos que sustituyen a las cabezas decapitadas de los Papas.

No seré yo quien dude del talento artístico de Barceló, pero sí de la oportunidad de profanar un mausoleo. ¿Hasta qué punto hemos banalizado cualquier realidad trascendente e incluso meramente histórica?

Pretendemos que personas venidas de otras tierras en busca de una vida mejor respeten nuestros valores y nuestra cultura. Pero ¿qué valores?, ¿qué cultura? Es más, ¿qué entendemos por "respeto"?

A lo largo de los tiempos ha habido grupos o pueblos enteros que han derribado los símbolos religiosos de otras comunidades para alzar los propios. En el lugar del Templo de Jerusalén, Roma levantó otro dedicado a Júpiter; la Catedral de Santa Sofía fue transformada en mezquita; los ídolos donde los aztecas sacrificaban esclavos fueron derribados para alzar la cruz.

Nosotros, sin embargo, arrojamos insidia sobre nuestros lugares santos para erigir... la nada. La carcoma del vacío bajo el antifaz de la burla grosera.

Pero la naturaleza no tolera el vacío; de modo que esa "nada" será ocupada por lo primero que llegue.

Gran parte de Occidente pide a gritos su propia extinción, y se pone jubiloso a la faena de abrir su fosa para no dejar el menor rastro de su existencia.

jueves, 1 de julio de 2010

Ella


Cuando llevábamos dos años casados ella entró en nuestras vidas. Hasta entonces mi mujer y yo habíamos vivido solos y nos parecía que no nos faltaba nada, nos teníamos el uno al otro y eso era suficiente. Pero ella lo cambió todo, se instaló en nuestro hogar y desde bien temprano comprendimos que nada volvería a ser igual.

Yo estaba deseando regresar del trabajo para verla, necesitaba estar con ella, mirarla, atender a lo que decía, me abría tantos horizontes insospechados. Si por cualquier razón me faltaba me invadía un profundo desasosiego que sólo ella podía calmar.

Es cierto que hizo mella en nuestro matrimonio pero, qué quieren que les diga, uno no es de piedra. A menudo sucedía que mi mujer me quería contar algo y yo le mandaba callar porque prefería atenderla a ella.

Sí, ella era la primera. Aunque soltase la más infame ordinariez eso me daba igual. Lo que a otro jamás le hubiera consentido decir en mi casa a ella se lo permitía sin problemas, y es que era el centro del hogar, nuestras vidas giraban en torno a ella.

Cuando nacieron las niñas la encontraron ya conviviendo con nosotros, pronto se convirtió en una segunda madre (y para no pocas cosas en la primera). Si con su madre natural eran capaces de reñir y discutir, con ella jamás lo hicieron, nunca cuestionaron nada de lo que les decía, todo lo que de ella venía les parecía maravilloso.

Un día mi mujer se disgustó especialmente; comentó que estaba harta; en nuestro hogar ya nadie hablaba, sólo nuestra inquilina podía hacerlo y era a la única a la que se atendía. Así que nos dio un ultimátum: la “intrusa” (así la llamó) debía salir de casa antes del fin de semana. Con gran dolor de corazón nos tuvimos que despedir de quien hasta entonces había sido la protagonista de nuestra existencia. Fue como si nos arrancaran las entrañas. Durante los siguientes diez días la tensión familiar se acrecentó, luego, poco a poco, las aguas volvieron a su curso. La charla reapareció en las comidas, volvimos a compartir experiencias y anhelos, y las risas y ocurrencias aparecieron donde antes sólo había mutismo. Las niñas llenaron su tiempo de ocio con juegos e incluso mejoraron sus calificaciones. Yo retomé la lectura y el deporte y empecé a frecuentar viejas amistades. ¡Qué decir de mi mujer!, la felicidad renació en su rostro, volvíamos a ser una familia.

¿Qué quién era ella? Bueno, en la caja en que llegó creo que decía que se trataba de una Thomson de treinta pulgadas, aunque tampoco estoy muy seguro. Sólo les pido una cosa, si la ven por ahí no la traigan a mi casa, vivimos mucho mejor sin ella.