Lo contó hace algunos años un misionero.
Había estado destinado en los Andes, y en una de sus travesías se encontró con una niña que no tendría más de seis años y portaba a sus espaldas a su hermana pequeña. El religioso se compadeció de la muchacha y le preguntó:
- ¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada?
A lo que la niña respondió inocentemente:
- No es una carga, es mi hermana.
Al misionero aquella respuesta le impactó, y confesaba que desde aquel día cada vez que alguien se le hacía pesado por cualquier motivo, se decía a sí mismo: "no es una carga, es mi hermano".
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