viernes, 30 de abril de 2010

Una lectura del Estatuto de Cataluña


No es la intención de este blog centrarse en la política. Bastante atiborrados nos tienen a diario los medios de comunicación. Pero tampoco vamos a evitarla a toda costa. Por algo es un blog para “polizones”, y los polizones estamos dispuestos a colarnos en cualquier nave que se nos tercie, sin necesidad de dar cuentas a la tripulación "acreditada".

Así que me lanzo al abordaje de un tema nuevo y rancio, actual y endémico, manido y polémico; me refiero al Estatuto de autonomía de Cataluña aprobado en 2006 y cuya legalidad se debate actualmente en el Tribunal Constitucional.

Tengo la impresión de que muchas personas que opinan sobre él no se han tomado la molestia de leérselo. Uno escribe que fulanito dice; el otro que menganito se posiciona; el de más allá, que tal tribunal opina, que el otro estorba, o que se retrasa; pero no entran en el tema fundamental: el contenido del propio Estatuto.

Un servidor hizo el esfuerzo de leerlo al poco de hacerse público. Ya entonces se había armado bastante revuelo, con voces a favor y en contra. La mayor parte de los medios tendían a posicionarse en función de sus simpatías políticas, y como me gusta tener mi propio criterio, preferí forjarlo de primera mano.

He de adelantar que la impresión que me dejó su lectura fue de verdadera consternación. Las razones son varias, pero apuntaré las que me parecen más sobresalientes:

Primera: Establece que Cataluña es una nación. “El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía de Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación.” Para que podamos engullir semejante rueda de molino nos la han ido aliñando con mil especias, pero ni aún así pueden encubrir semejante dislate. Así, se ha pretendido que como está en el preámbulo del Estatuto, no tiene mayor importancia. Esto parece un insulto a la inteligencia. El preámbulo de una norma, como es un estatuto, tiene la función de definir las claves de interpretación de dicha ley. Es el alma, el regidor que dará las pautas sobre cómo leer la norma que se fija. Si tan poco relevante fuera, ¿a qué tanto empeño en mantener su actual redacción?

De hecho en el articulado se jugará con los términos, apuntando en todo momento en el sentido deseado. Por ejemplo: los símbolos “nacionales” de Cataluña son “la bandera, la fiesta y el himno”.

Hemos tenido que escuchar pronunciamientos que producen sonrojo. En la discusión parlamentaria del Estatuto, un diputado de mi tierra defendió que apareciera dicho término basándose en que figuraba escrito en minúscula, lo cual, a su entender, era un distingo de grado con respecto a la “Nación española” en mayúscula. Imagino que en adelante tendrá la intención de legislar distinguiendo entre “ciudadanos” y “Ciudadanos”, o “sandeces” y “Sandeces”.

En el lenguaje común, que además es el que se acepta en las leyes y tratados internacionales, la nación es el sujeto político en el que reside la soberanía de un Estado. Es decir, que la nación es la instancia política máxima. Por tanto, si Cataluña es una nación, en cualquier momento podría decidir unilateralmente realizar alianzas internacionales, organizar formas de gobierno diferentes, o escindirse de España.

Por si cupiera alguna duda, el Estatuto corrobora que su legitimidad no se funda en la Nación española, sino en la soberanía del pueblo catalán. Así, el artículo 2 afirma: “Los poderes de la Generalidad emanan del pueblo de Cataluña y se ejercen de acuerdo con lo establecido en el presente Estatuto y la Constitución”.

A partir de ahí el Estatuto tiene un enfoque netamente nacionalista, distinguiendo en todo momento dos marcos que entiende diferentes e independientes: el catalán y el español. Este último viene a ser como una carcasa externa con la que hay que contar, pero que es ajena.

El artículo 6 establece que “La lengua propia de Cataluña es el catalán”, para a continuación añadir que como tal tendrá preeminencia en todos los órdenes públicos. Por su parte el español también es oficial (aunque queda como residual al no contar con esa preferencia) porque “es la lengua oficial del Estado español”. Esto no hace sino violentar la auténtica realidad de Cataluña, pues tan propio le es el catalán como el español. Basta con pasear por una calle, entrar a un bar o a una tienda para comprobarlo. Y en cuanto a su cultura, ¿acaso Joan Maragall o Eugenio D´Ors o tantísimos otros escribían y escriben en una lengua “ajena” cuando lo hacen en español?

Segunda: Derivado de todo lo anterior, Cataluña se posiciona al mismo nivel que España. Dice así el artículo 3: “Las relaciones de la Generalidad con el Estado se fundamentan en el principio de lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general según el cual la Generalidad es Estado, por el principio de autonomía, por el de bilateralidad y también por el de multilateralidad.” Más allá de la deficiente redacción del texto, se cae en la esquizofrenia de distinguir entre el Estado y la Generalidad, para a continuación reconocer que esta última es parte del Estado. Eso sí, en el articulado posterior siempre diferencia el Estado y la Generalidad. Por ejemplo, el artículo 175 habla de los “instrumentos de colaboración entre la Generalidad y el Estado”, igual que el 176, el 177... A partir de ahí acaba estableciéndose que en todo lo que afecta a Cataluña (aunque sea como parte del conjunto de España) debe haber presencia específicamente autonómica, incluso en cuestiones internacionales. (Sobre la preeminencia fiscal autonómica mejor ni hablar porque es para echarse a llorar).

Este planteamiento por parte del nacionalismo no es nuevo. Sí lo es que unos poderes políticos nacionales, como son el gobierno o el parlamento españoles, le hayan llegado a dar su visto bueno.

No está de más recordar parte de un discurso de Ortega y Gasset en las Cortes constituyentes de la Segunda República. Era el dos de junio de 1932:

“Porque el señor Hurtado dijo estas palabras: «Nosotros hablamos de un pacto entre la región autónoma y el Estado, dos organismos de Derecho, dos personalidades jurídicas, que pueden y deben pactar y que, según la Constitución, son os que realmente pueden pactar». Señores, repito que no sé una palabra de Derecho; pero sé, cuando llega la hora, quedarme atónito. Porque, señores, el Estado de que habla nuestra Constitución se compone de muchos organismos, entre ellos las regiones autónomas, las provincias y los municipios; ya hora resulta que la región autónoma, que es el Estado mismo en una de sus partes, que es una institución del Estado, bien que en la jerarquía de instituciones de un orden segundo, se pone a pactar con el Estado, es decir, consigo misma, puesto que ella no es sino un elemento del Estado. Yo creía que para que dos pudieran pactar era menester por lo menos que fuesen dos y además preexistiesen al pacto, y la región no existe antes de ser engendrada por el Estado; el Estado, al engendrarse, engendra las regiones autónomas.”

Y tercera: El Estatuto está aquejado de un intervencionismo patológico con una carga ideológica manifiesta.

Una norma marco, como es una constitución, o en su ámbito un estatuto, tiene que ser eso: un “marco” lo más amplio y duradero posible en el que tengan cabida las distintas posiciones políticas que intervienen en la vida pública. No puede ser un programa electoral, ni menos todavía, un ordenamiento de todas y cada una de las actividades que una persona puede realizar en su convivencia social.

El Estatuto tiene 222 artículos, más un chorreo de disposiciones adicionales. Para que nos hagamos una idea, nuestra Constitución, que tiene también una sobrecarga de artículos innecesarios que nada regulan y que se limitan a mostrar buenos propósitos que a nada comprometen, tiene 169.

El Estatuto aborda temas como los “Derechos de las mujeres” (artículo 19). En este artículo se dice que las mujeres tienen derecho a vivir libres de “malos tratos” (sic), a participar en todos los ámbitos de la vida sin discriminación y en igualdad de oportunidades con los hombres. ¿Es esto necesario? ¿No está recogida ya en la Constitución española la igualdad ante la ley sin que a nadie se pueda discriminar por razón de su sexo (artículo 14)? Es más, el propio Estatuto ya ha dicho cuatro artículos antes de forma innecesaria, alambicada y un tanto absurda que “todas las personas tienen derecho a vivir con dignidad, seguridad y autonomía, libres de explotación, de malos tratos y de todo tipo de discriminación, y tienen derecho al libre desarrollo de su personalidad y capacidad personal”. ¿Acaso las mujeres no entran en la categoría de “personas”?

Pero es que además la norma autonómica posee un enfoque altamente ideologizado, regulando el “Derecho a vivir con dignidad el proceso de la muerte” (artículo 20), la “Perspectiva de género” (artículo 41) o la “Memoria histórica” (artículo 54), por citar algunos ejemplos.

No es el objeto de este escrito entrar en las componendas políticas que han llevado a que este despropósito normativo ocupe un lugar central en el debate nacional. Sí creo necesario señalar que a mi entender el actual Estatuto de Cataluña no admite enmienda. Sus deficiencias no se subsanarán con algunos cambios y ajustes, pues su enfoque íntegro está viciado.

Hay quien se consuela pensando que el Tribunal Constitucional quizá meta alguna tijera aquí o allí. Insisto, eso no resuelve la cuestión.

En 1977 el filósofo Julián Marías se lamentaba del primer borrador de Constitución que habían redactado sus ponentes. Entendía que no valía, que había que recomenzar su redacción, y decía que no importaba haber perdido seis meses, “lo que importa es perder uno o dos siglos de nuestra historia”. Creo que la misma reflexión cabría aplicarse al presente Estatuto de Cataluña; por el bien de España, y por el bien de Cataluña.

jueves, 29 de abril de 2010

El secreto de Quique


Quique tiene parálisis cerebral. Cuando yo era pequeño me causaba mucha impresión, porque lo veía muy alto (será diez años mayor que yo) y tendía a abalanzarse impetuoso sobre la gente que pasaba cerca de él.

Oí decir que su enfermedad era a consecuencia de complicaciones que se produjeron durante su parto. No lo sé. Quizá sea así. Desde luego con su esbeltez y rubia cabellera a buen seguro que habría sido un hombre apuesto. Con los años se ha descuidado un tanto y el deterioro físico ha ido dejando huellas cada vez más pronunciadas.

Me lo suelo encontrar apoyado en su cayado, cerca de su casa, buscando un brazo amigo al que asirse para acudir a algún comercio de la zona a los que proporciona cambios de monedas. Muchos viandantes lo saludan: “¡Hasta luego, Quique!”, y él devuelve el saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa.

Le gustan las novelas de Stephen King y las chicas, porque desde luego Quique es un hombre de los pies a la cabeza. Siempre que hablamos me pregunta cuándo iremos a ver a nuestro amigo Jovi, que está por tierras de Castilla. Le respondo que sí, que tenemos que hacer ese viaje, que a ver si un día de estos; aunque interiormente sé que eso no me va a ser posible, lo cual me deja con cierto sentimiento de culpa.

Si alguna vez voy con prisa y me lo encuentro, enseguida me engancha para acompañarle a alguna tienda; no sé decirle que no, así que angustiado por mi demora, enfilo la proa hacia donde él me diga. Al rato reparo en que ha sido un privilegio, en que no había nada más importante ni agradable que acompañarlo, y me repito que soy un idiota por haber estado a punto de perderme ese momento único.

Me cuesta entender lo que me dice, pero su afecto es evidente. Además, tiene un sentido del humor a prueba de criptonita.

En una ocasión coincidimos mi amigo Miguel Ángel y yo con él. Supongo que lo acompañaríamos a algún establecimiento, por eso de su actividad “cambiaria”. Cuando nos despedimos, Miguel Ángel (a quien tanto echo de menos y que siempre supo fijarse en las cosas de verdad importantes) me espetó una pregunta:

- ¿Sabes cuál es el secreto de Quique?

Lo cierto es que aquello me pilló desprevenido. ¿Acaso Quique guardaba algún secreto? Tal vez se refiriese al origen de su parálisis, o a algún acontecimiento familiar inédito.

Entonces mi amigo me regaló la respuesta:

- El secreto de Quique es que es un hombre feliz.

Aquello me dejó todavía más sorprendido. ¡Era verdad! Miguel Ángel había expresado de la manera más sencilla posible la auténtica consistencia de Quique. Esa realidad había estado muchas veces ante mis ojos, actuante, tácita, pero no se había hecho expresa y, precisamente por eso, quedaba en cierto modo velada. Efectivamente, Quique es un hombre feliz. Esa es su condición.

Así que si alguna vez voy acelerado por la calle, agobiado por mis insignificantes problemas, y me encuentro con él, doy gracias a Dios por ese regalo que me pone tan a mano, y aprovecho para llenar los pulmones del alma con una breve charla, apenas inteligible, pero llena de sentido positivo y amistad. Tampoco hace falta que nos digamos muchas cosas, basta con saber que el aprecio es mutuo y su optimismo contagioso.

¡Gracias Quique por estar ahí!

miércoles, 28 de abril de 2010

Presentación del libro "Empresarios y Samuráis"


Este próximo viernes 30 de abril se presenta en la Biblioteca Pública de Aragón (calle Doctor Cerrada de Zaragoza) el libro "Empresarios y Samuráis. Aplicaciones del Bushido a la estrategia y gestión empresarial", escrito por un servidor.

El evento lo organiza la Sociedad Aragonesa de Ciencias y Humanidades (SACH), y contaremos con la presencia del maestro J. Santos Nalda; excepcional artista marcial y excepcional persona.

La entrada es libre. Estáis todos invitados.

Ángeles Caso, San Agustín y el velo islámico


Hace unos días la periodista Ángeles Caso publicaba un artículo en el que manifestaba sus dudas a propósito de la prohibición del pañuelo islámico en las aulas. “Obviamente, estoy en contra del uso del hiyab, y no digamos de sus formas más extremas...”, escribía. La ganadora del premio Planeta, además, confesaba que sobre otras cuestiones tampoco tenía una opinión “firme” y, por tanto, no sabía a qué atenerse respecto a ellas.

Al leerlo me vino a la cabeza San Agustín, insigne filósofo, juerguista redimido y padre de la Iglesia.

¿Y por qué?, se preguntará alguno, si cuando San Agustín vivía ni siquiera existía el Islam.

La respuesta es simple: porque el pensador romano (romano y africano, que así eran las cosas en el Mare Nostrum) nos ha dejado un consejo cargado de sensatez y prudencia. Dice así:

“En lo necesario, unidad;
en la duda, libertad;
y en todo, caridad.”

Lo me llama la atención es que la periodista entienda que en Francia han resuelto el problema (según parecer ser, acertadamente) porque allí está prohibido todo símbolo religioso: “desde el velo hasta la medallita de la Virgen”. Entonces me vienen a la cabeza los Reyes Católicos. (Sí, ya lo sé, antes era San Agustín y ahora Isabel y Fernando; tampoco entiendo yo cómo funcionan las neuronas... ¡ahora me viene Ramón y Cajal!).

Decía que me acordaba de los Reyes Católicos porque contra ellos hay un reproche popularmente admitido, a saber: que fueron muy malos porque “echaron a los judíos de España”. Quede claro que a mí también me apena que tomasen esa decisión que, con todo, hay que poner en su contexto histórico. Pero el principio era el mismo: su presencia rompía la unidad. Se podían quedar, sí, pero si se convertían al cristianismo (muchos lo hicieron, imagino que más por obligación que por devoción). La actitud medieval más proclive a asumir la diversidad, se rompía. Se empezaba a sentir que una sociedad debía ser homogénea, uniforme.

Y en esas estamos. “El que tenga unas creencias religiosas, que las profese en su casa”, se viene a afirmar; “el espacio público debe ser laico; y al que no le guste, ahí tiene la puerta.”

En fin, tema delicado y complejo en el que comparto la perplejidad y desconcierto de Ángeles Caso. Habrá que darle más vueltas. El blog da para lo que da. (Y mis neuronas, para poco más).

lunes, 26 de abril de 2010

¡Que tengas un día magnífico!


Amigo mío (o amiga mía), te deseo un día extraordinario, y te hago entrega de estas palabras que Don Quijote dirigió a Sancho:


"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias decisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disciplina para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que esté."

Zenón de Elea, el filósofo más duro a este lado del Pecos


Que los intelectuales enreden con la política no es algo nuevo. De hecho en la época primera de la filosofía casi no había manejo en el que no anduvieran metidos.

Para mí el caso más llamativo es el de Zenón de Elea, quien se jugó la vida por librar a su ciudad natal de la tiranía. Y cuando uso el calificativo de “llamativo” no piense el lector que lo hago de manera ociosa, muy al contrario, tan llamativo es, que sería digno de aparecer en un programa monográfico de Cuarto Milenio.

Si nos atenemos a los escritos que nos han dejado Diógenes Laercio, Diodoro de Sicilia y alguno más, los hechos sucedieron así:

A mediados del siglo quinto antes de Cristo, Elea había caído bajo el yugo del tirano de Siracusa llamado Nearco. Zenón, como buen griego e intelectual al uso, decidió tomar cartas en el asunto. Así que sufragó una expedición de aristócratas con la misión de que desembarcaran en la costa itálica al amparo de la noche y se hicieran con el control de la polis. El caso es que alguien debió irse de la lengua, y los soldados de Nearco los estaban esperando. Como allí no existía la Sierra Maestra, no pudieron echarse al monte y los exterminaron. Por su parte, el filósofo fue hecho prisionero.

Nearco quiso arrancar a Zenón el nombre de los cómplices que tenía en la ciudad, pero éste, burlándose de su captor, se dedicó a citar a cada uno de los políticos vinculados al tirano.

No cuesta mucho imaginar la escena: Zenón de Elea en plan Bruce Willis en Jungla de Cristal XXVI, aguantando con una media sonrisa burlona los golpes mientras le vacila graciosete al tirano que dirige la tortura: “¿Que quién me ha ayudado? El mono que tienes ahí al lado, tu primo Filipo y la madre que te trajo al mundo. Yippy ka hey, hijo de ...”.

Así que sus carceleros comenzaron a torturarlo cada vez con mayor intensidad, hasta que la misma alcanzó tal extremo, que Zenón se comprometió a confesarlo todo con la condición de que sólo Nearco oyera los nombres de sus compinches. Ufano de su éxito, el tirano se acercó para escuchar mejor la revelación del cautivo, pero en cuanto estuvo a tiro, Zenón le mordió la oreja y no la soltó hasta que fue asaeteado por las espadas de sus verdugos. Ni Hannibal Lecter lo habría hecho mejor.

Cualquiera pensaría que convertido en un pincho moruno habría fallecido. Pues no. Es más, no sólo no murió, sino que todavía tuvo bemoles como para aguantar que sus carceleros se pusieran de nuevo a la faena de torturarlo. Entonces Zenón, como muestra de desprecio para con su enemigo, se cortó la lengua de un mordisco y la escupió a la cara de Nearco. ¡Quién quiere saliva teniendo la lengua para escupirla!

Con un tipo como aquel, ríete de Humprey Bogart. El tirano comprendiendo que iba a ser imposible sacarle la más mínima información, así que ordenó que lo machacaran en un gran mortero hasta reducirlo a pequeños pedazos.

Metido en aquella picadora, el duro de Zenón todavía tuvo el arrojo de despedirse de este mundo afirmando: “En la vida la virtud no es suficiente, se necesita también de la ayuda de un feliz destino”.

Claro que si tenemos en cuenta que ya no tenía lengua, la sentencia debió sonar más bien así: “En da vida da viddud no ed dudiciende, de dededida dambién de da aduda de un fedid deddido.”

Cuando nos paramos a reflexionar seriamente sobre el dramático final del filósofo, no nos queda más remedio que llegar a una conclusión: Zenón era un Terminator. ¿Cómo si no explicar semejante capacidad de resistencia? ¿Cómo comprender que un cuerpo triturado en pedacitos, diseminados en la cavidad de un mortero, ofrezca resistencia y hable? ¿Y si Nearco era un antepasado remoto de John Connor y por ello fue Zenón enviado desde el futuro para acabar con él?, vete tú a saber.

En todo caso hay algo que sí sabemos: que Nearco era tirano de Siracusa y se hizo con el poder en Elea de una forma completamente ilegal, que no toleraba la oposición política y trataba rematadamente mal a los prisioneros, que lleva muerto cerca de dos milenios y medio. Por todas estas razones lo más razonable sería que el juez Baltasar Garzón le instruyera un proceso judicial para enchironarlo.

Nearco, tus crímenes no han prescrito. ¡Prepárate! La jurisdicción universal (en el espacio-tiempo) nos ampara. ¡Ha llegado la hora de impartir justicia!

Y con respecto a ti, Zenón, tu memoria sigue viva entre nosotros. Descansa en paz (si es que tus pedazos no se han recompuesto).

jueves, 22 de abril de 2010

¿Bondad o incompetencia?


El médico cualificado es aquel que sabe dictaminar correctamente la enfermedad y aplica el remedio más idóneo al paciente. Sin un diagnóstico correcto es imposible que se nos administre un tratamiento adecuado.


Imaginemos que a un hijo nuestro le hacen una serie de análisis y varios especialistas nos advierten de que hay signos que advierten de la posibilidad de un cáncer. Nuestro amable médico de cabecera, no deseando inquietarnos, nos dice que no nos preocupemos, hablar de cáncer es puro alarmismo. Nos receta unas pastillas para la garganta y nos manda para casa. Tres meses después el dolor del pequeño es insufrible, ha perdido la voz y tose a todas horas expectorando sangre. Cuando acudimos de urgencia al hospital, tras los pertinentes análisis, nos informan de que tiene un cáncer de laringe. Como consecuencia de no haber seguido ningún tratamiento en el momento en que surgieron los primeros síntomas, éste se ha agravado. Tanto es así que la metástasis ha infectado otras zonas de su cuerpo.


Indignados, acudimos al médico que nos atendió. ¿No nos había dicho que no nos preocupáramos, que continuáramos como si nada, que hablar de cáncer era alarmista? Sin perder la sonrisa y con ademán indulgente, nos contesta engolando la voz: “Efectivamente, pero es que me gusta ponerme en lo mejor. Soy optimista por naturaleza. Por eso, como muestra de mis bondadosos deseos, preferí pensar que no era más que una leve laringitis y opté por no tomar medidas drásticas. Pero no se preocupe, ahora que es incontestable el hecho de que su retoño tiene un cáncer de garganta, déjelo en mis manos. Tengo una gran confianza en que estamos saliendo de la situación crítica.”


Trasládese la breve historia a otros campos, como la política, la economía, la educación, la sanidad... y saque cada cual sus propias conclusiones.

miércoles, 21 de abril de 2010

El discípulo borracho de Wittgenstein (o dónde están las llaves matarilerilerile)


Un guarda jurado regresa del trabajo a su casa a las tantas de la madrugada. Cerca de su domicilio se topa con un hombre visiblemente ebrio que, tambaleante, parece buscar algo en el suelo junto a una farola. El honrado trabajador se apiada del borracho y le pregunta:

- ¿Le puedo ayudar, caballero?

- Ssssí, graciassss. Se me han caído las llaves de mi casssa y no las encuentro. ¡Hip!

Así que el guarda se pone manos a la obra y mira y remira por el suelo.

Al cabo de un rato de no encontrar nada, vuelve a preguntarle:

- ¿Pero está usted seguro de que se le han caído por aquí?

Con la cabeza en permanente vaivén, el beodo le responde:

- No, en realidad se me han caído allá lejossss, lo que pasa es que junto a la farola se ve mejor.


Desconozco si el filósofo Wittgenstein bebía mucho o era abstemio, lo que sí puedo decir es que seguía la misma lógica que el borracho del chiste.

Wittgenstein era neopositivista. El neopositivismo dice que sólo tienen sentido aquellas proposiciones que sean empíricamente comprobables. Dicho de otro modo, sólo son válidas aquellas afirmaciones que se pueden verificar científicamente.

“La Tierra gira alrededor del Sol” es una afirmación que sí tiene significación para un neopositivista, porque la física me permite comprobarlo. “Dios existe” o “Dios no existe” son dos frases que carecerían de sentido, pues no puedo demostrarlas al modo en que pruebo que la fuerza de la gravedad afecta al jamón de Teruel. Es decir, para los neopositivistas no es que Dios exista o deje de existir, sino que como no puedo probar científicamente ni lo uno ni lo otro, pues entonces carece de sentido la misma cuestión de la existencia de Dios.

- Estoy enamorado de Margarita.

- ¿Lo puedes probar?

- Bueno, ayer le mandé flores.

- Científicamente eso no nos dice nada. Lo único que prueba es que entre la floristería y la casa de Margarita hay un espacio físico que puede ser recorrido por un ramillete de flores, una Vespino ruidosa y un motorista lleno de acné.

- ¿Qué quieres decir, que no amo a Margarita?

- Tampoco, pues eso no se puede probar. Lo que te digo es que o me metes tu amor a Margarita en una probeta o no tiene sentido hablar de amar o dejar de amar a la susodicha.

- Pero a mí me va la vida en ello.

- ¿En qué, si no hay nada al respecto?

- ¡Anda y que te den!

Los neopositivistas ven mejor cerca de la farola de la ciencia, por eso han decidido que todo aquel ámbito al que no llega con nitidez esa luz, sencillamente no cuenta. Así que si la llave de algún problema se nos ha quedado fuera... no nos quedará otro remedio que dormir la mona a la intemperie.

Explicando Kant a una botella de cerveza Ámbar


Me he topado por la calle con el anuncio de Ámbar que figura en la fotografía adjunta. Hay que reconocer que las botellas de la cerveza Ámbar no son unas botellas cualesquiera, porque entender a Kant no es tarea fácil. Así que me propongo ayudarles un poco facilitándoles alguna clave que les haga más comprensible el pensamiento del filósofo más rutinas de todos los tiempos.

La filosofía clásica había puesto su atención en comprender en qué consistían las cosas. Para ello Aristóteles ideó las “categorías”, que no eran otra cosa que las propiedades que las cosas poseían. Por ejemplo, una cosa puede ser marrón (categoría de cualidad), o pesar tres kilos (categoría de cantidad), o haber sucedido el dos de abril (categoría de tiempo), etcétera.

Pero Kant dará un golpe de timón (“giro copernicano”, lo llamó él). Para Kant las “categorías” en realidad no son propiedades que poseen las cosas, sino atributos que nosotros damos a esas cosas para poder asimilarlas, para llegar a conocerlas. Así, por ejemplo, el espacio y el tiempo no forman parte de las cosas, sino que somos nosotros quienes los vertemos sobre ellas para poder aprehenderlas.

¡No te asustes, botella de Ámbar, que enseguida te voy a aclarar todo este tinglado!

Imagina que miramos por un microscopio las células de un tejido cualquiera. Lo más probable es que si nos limitamos a poner la muestra en la platina no veamos nada. Para poder contemplar esas células tendremos que introducir un tinte que nos permitirá ver sus contornos y contrastes. Como es lógico, dicho tinte hace variar la apariencia de las células que, por ejemplo, se verán azules. Las células no son azules en condiciones naturales, pero si no la tintáramos nos sería imposible contemplarlas. Es decir, alteramos la realidad de las células echándoles tinte para así poder observarlas.

Pues eso es precisamente lo que nos dice Kant. El pensador prusiano sostenía que el espacio y el tiempo no forman parte de las cosas, sino que son como el tinte del microscopio, elementos que nuestra mente aporta para poder asimilar las cosas.

¿Choca con la evidencia? Depende como se mire. El pasado ya no existe, luego no es. El futuro no ha llegado, luego tampoco es. Sólo contamos con el presente. Un presente “continuo”, podríamos decir. Las cosas están aquí y ahora, no rememoran ni prevén (eso lo hacemos nosotros), por tanto no cuentan con un pasado ni con un futuro. ¿Me sigues? Quizá es demasiado para una botella. Tampoco tienes que preocuparte, con que estés fresquita es suficiente.

Y ahora, con tu permiso, te voy a abrir para echarme un trago. Tanta explicación filosófica me ha secado el gaznate.

martes, 20 de abril de 2010

Las fosas de los vivos


Casimiro está solo, solo, solo, en la soledad más hiriente que existe, la del ignorado rodeado de gente sola. Nadie lo llama, nadie pregunta por él. En la residencia le ponen el desayuno en silencio, luego lo aparcan en una silla frente a un televisor cuyo sonido estridente acaba por ignorar. Todo se convierte en un intervalo vacío entre comidas.

A menudo rememora su infancia en el pueblo, las travesuras de niño, los miedos de la guerra, las correrías de la mili, los amigos perdidos, los amores sentidos, la lucha por sacar a la progenie adelante, las rencillas y el tiempo mal empleados, las personas queridas, los sueños incumplidos.

¿Y sus hijos? ¡Ay, sí! Ellos fueron los que lo metieron aquí. Era por su bien, dijeron. Lloró los primeros días, como cuando de niño lo dejaban en casa de tío Paco en la ciudad y se sentía huérfano y abandonado. Ahora sufre calladamente pues su llanto no encuentra consuelo. “Son cosas de viejo”, comentan las asistentas.

¡No!, son cosas de hombre desechado, herido, olvidado.

Una imagen lo saca de su ensimismamiento. En la pantalla del televisor aparece un hombre hablando con vehemente convicción. Está explicando que su abuelo está enterrado en la fosa que queda a su espalda, reclama la exhumación de sus restos para recuperar su memoria. “Es precisa una reparación”, apostrofa ante la cámara.

Por un momento Casimiro siente que su corazón se agita. Sí, aunque era niño conoció la guerra y sus miserias, las revanchas de unos y otros, y la posguerra y el hambre... ¿Qué le van a contar sobre lo que es una guerra entre hermanos? Pero ahora al que han enterrado es a él; yace bajo cien toneladas de indiferencia. Es un vivo tratado como un muerto, como un objeto molesto y despreciable del que no se espera nada más que abandone este mundo. ¿Dónde están los suyos? ¿Quién reclama su memoria? Todavía es tiempo, está aquí y ahora. No pide banderas, ni loas, ni discursos, ni grandes titulares, ni monumentos, sólo un gesto amable, una visita sosegada y desinteresada.

En el televisor han pasado a hablar del desfile de moda más atrevido, de la hazaña futbolística del domingo y del último escarceo sentimental de la famosa de turno. Casimiro se repliega sobre sus pensamientos. La rebeldía ha cesado, vuelve a la espera resignada del final de sus días, cuando ya sólo sea un recuerdo y sus hijos y nietos tal vez ensalcen su memoria, una memoria que no mancha ni compromete, una memoria descarnada de alguien que yace en un nicho que no visitarán jamás.

lunes, 19 de abril de 2010

Andrea cumpliría 20 años


Este artículo lo escribí en 2005 y apareció publicado en "Heraldo de Aragón". El periódico le añadió algunos postizos de los que ahora lo libero, devolviéndolo a su versión original.

Este año Andrea cumpliría los veinticinco.


Andrea habría cumplido hoy veinte años. De pequeña le encantaría el cuento del muñequito de nieve cuyo máximo deseo era no derretirse para que los niños pudieran jugar con él. Andrea pediría a su mamá que le contara esa historia una y otra vez hasta caer vencida por el sueño.

En el colegio se sentaría al lado de Leticia, su mejor amiga. Por parlanchinas la señorita les llamaría la atención en más de una ocasión -¡es que tenían tantas cosas que decirse!-. Aunque de notas no iría muy sobrada sí es verdad que sería buena amiga de sus amigas hasta el punto de ser elegida un curso para delegada de clase, lo cual le pondría muy nerviosa por tamaño protagonismo.

Con catorce años Andrea llegaría a casa enferma por haber bebido alcohol. Del disgusto de su madre mejor no hablar; lo cierto es que a la mañana siguiente la mujer se compadecería al ver a su “niña” paliducha y desanimada y le diría que esperaba que por lo menos el mal rato pasado le sirviera de lección.

Un año más tarde conocería a Tomás, un curso mayor que ella, con el pelo moreno desordenado y unos ojos azules... El único problema serían los apuros al pasar a su lado; si no la miraba se sentiría ignorada y si le prestaba atención, horrorosamente apurada. ¿Qué hacer? Al final, después de tantos quebraderos de cabeza, el idiota de él acabaría saliendo con una chica de otro instituto. Entonces Andrea pensaría que la vida no merecía la pena, que todo era un asco y los chicos unos bobos, pero un mes más tarde se daría cuenta de que había muchos chicos interesantes y que los ojos azules no eran patente de Tomás.

Ahora Andrea estaría en tercero de enfermería. Sería la primera de la familia en tener estudios universitarios, aunque eso sería lo de menos, lo importante es que podría ayudar a mucha gente. Incluso se estaría planteando ir a algún país de África en cuanto obtuviese el título para poder ayudar allí. ¡Todavía había malaria en muchas partes y el sida se estaba extendiendo a un ritmo vertiginoso!

Como decía al principio, este año Andrea habría cumplido los veinte, aunque no lo hará, el año de su concepción en España se aprobó la ley que despenalizaba el aborto y su madre fue una de las personas que acudió a un centro para que un médico le quitara “aquel problema”. Andrea no ha tenido la oportunidad de tener compañera de pupitre, ni de oír el cuento del muñequito de nieve, ni de enamorarse, ni de hacer proyectos con su vida, ni de reír, ni de llorar, ni de soñar. Tiene que haber una muy buena razón para que a Andrea y a cerca de un millón de niños más desde 1985 se les haya privado de todo esto y de muchas cosas más. Yo no acabo de comprender esa razón tan extraordinaria a la que hay que sacrificar tantas vidas, pero es que, a lo que se ve, a mí las cosas importantes se me escapan.



domingo, 18 de abril de 2010

Tortugas, filósofos y un poco de humor


Creían los griegos que sumido en las profundidades de la tierra se encontraba el “Tártaro”, lugar infernal al que iban a parar las almas de los muertos.

También pensaban que el mundo entero se encontraba soportado sobre el caparazón de una gigantesca tortuga; motivo por el cual a tan simpático reptil lo denominaban “tartarougos”, es decir, la que sostiene el Tártaro.

Todavía el italiano y el portugués conservan una cierta fidelidad con el término original que, como queda dicho, en nuestro idioma ha dado lugar a la palabra “tortuga”.



En cierta ocasión dos filósofos griegos paseaban hablando de elevadas cuestiones cuando uno le preguntó a su acompañante:

- Milas, y el mundo ¿dónde se apoya?

- En el Tártaro, naturalmente.

Unos pasos más adelante, el inquieto heleno volvió al ataque.

- Sí, ya, pero, ¿y el Tártaro? ¿Dónde se sostiene?

- Sobre una tortuga.

Tras un pequeño avance, nuevo alto en el camino para preguntar.

- Oye, ¿y la tortuga?

Algo incomodado, el interrogado respondió:

- Sobre otra tortuga.

- ¿Y esa otra tortuga?

- Mira, Filipo, no le des más vueltas, de ahí para abajo todo son tortugas.

viernes, 16 de abril de 2010

La lógica "Robespierre"


El 30 de mayo de 1791 Robespierre lanzaba una de las más encendidas proclamas contra la pena de muerte que se hayan pronunciado. Ante la Asamblea Constituyente francesa, el diputado rogaba a los legisladores “que borren del código de los franceses las leyes de sangre que ordenan homicidios jurídicos, y que repugnan a sus costumbres y a su nueva Constitución”. Además, añadía, “estas escenas de muerte que ordena con tanto aparato no son otra cosa que viles asesinatos, crímenes solemnes, cometidos, no por individuos sino por naciones enteras”.

No habían pasado dos años de aquellas palabras, cuando Robespierre en la Convención pedía la muerte para Luis XVI:

“El sentimiento que me llevó a pedir, aunque en vano, a la Asamblea Constituyente la abolición de la pena de muerte es el mismo que me fuerza hoy a pedir que se aplique al tirano de mi patria y a la realeza misma en su persona. Voto por la muerte.”

Lo que más llama la atención no es tanto el radical cambio de actitud del político jacobino, como su pretensión de que el principio por el cual propugnaba la abolición de la pena de muerte era el mismo que le llevaba a votar por la ejecución de un hombre.

Con esta original “coherencia” no es de extrañar que acabara por liderar el periodo de “Terror” desde el Comité de Salvación Pública. Durante el mismo, se produjeron ejecuciones en masa, incluyendo la de aquellos de su propio partido que podían hacerle la más mínima sombra.

Pasemos a la actualidad:

El 23 de febrero de 2010 el senado español aprobaba la nueva ley del aborto. En la misma se consagra como un “derecho” la posibilidad matar al bebé gestante en el útero materno.

Ese mismo día, a la par que se perpetraba entre la algarabía de las ministras presentes la aprobación de la citada ley, el presidente del gobierno y promotor de la norma abortista, José Luis Rodríguez Zapatero, proclamaba en la Sala de los Derechos Humanos de la ONU: “Nuestro éxito será el éxito de los Derechos Humanos, el éxito de la dignidad de las personas, de la protección del vida y el éxito de los Estados que respeten hasta el último instante la vida de todos y cada uno de sus ciudadanos. Nadie tiene derecho a arrebatar la vida de otro ser humano.”

Como Robespierre, es posible sostener que “nadie tiene derecho a arrebatar la vida a otro ser humano” mientras sanciona como un derecho la posibilidad de acabar con los más indefensos.

Esta inaudita “lógica” no es exclusiva del partido socialista instalado en el gobierno. También el principal partido de la oposición se propugna como defensor de la vida humana mientras defiende ardientemente la ley vigente calificándola de adecuada. Dicha ley ha convertido a España en el mayor destino abortivo de Europa, superándose en la actualidad la cantidad de 110.000 abortos reconocidos al año. La osadía de algunos de los dirigentes populares llegó a tal extremo, que fueron capaces de acudir a la manifestación provida que se celebró en Madrid en octubre de 2009 presentándose como adalides de los nonatos. Los mismos que cuando gobernaban miraban para otro lado mientras el número de abortos crecía lo indecible al amparo de un evidente fraude de ley. Ellos, que impulsaron la ley que permitía experimentar con embriones humanos, ahora posaban para la prensa entre pancartas de “sí a la vida” sin dejar de propugnar la permanencia de la entonces vigente ley del aborto.

Como se ve, la lógica de Robespierre va ganando adeptos. Pronto le tocará el turno al Tribunal Constitucional. Nuestra carta magna no ha cambiado. En 1985 el Tribunal Constitucional afirmaba que “la vida del nasciturus es un bien jurídico constitucionalmente protegido por el artículo 15 de nuestra carta magna” (Art. 15: Todos tienen derecho a la vida...). ¿Qué pasará con la nueva sentencia? Me temo que no cuesta mucho imaginarlo...