domingo, 29 de agosto de 2010

Volver a ser un niño



A menudo íbamos a la destartalada estación de tren por la noche. Alejados de las luces del pueblo, podíamos contemplar gran cantidad de estrellas. Tumbados sobre unos tablones, nos estremecíamos ante la inmensidad del firmamento y comentábamos en voz alta nuestras reflexiones "existenciales". En aquel entonces, finales de los setenta, estaba de moda todo lo relacionado con los OVNIs; la verdad es que pese a ser el menor de la pandilla, yo era bastante escéptico al respecto, pero me divertía fantasear con mis amigos sobre qué formas de vida podrían albergar otros planetas, o sobre si alguien nos observaría a varios años luz mientras yacíamos ociosos en aquellas noches de agosto.

Desde hace varios lustros ya no veraneo en mi pueblo; el lugar donde soñaba con un futuro que a buen seguro iba a ser fascinante. Cuando fuera mayor tendría libertad para emprender mil sendas distintas sin que nada ni nadie me lo impidiesen. No me daba cuenta de que era entonces cuando vivía con auténtica libertad. Todo era una fiesta: la leche hervida que producía una riquísima nata de un dedo de espesor; las excursiones a Bílbilis o la Fuente de las Pilas; las parrilladas campestres con los amigos; la propina a la salida de la misa dominical que era transformada inmediatamente en un puñadito de chucherías; las prospecciones en el granero donde hallaba tesoros tales como un bastón con una espada oculta, un sombrero de "gánster" o una capa de torero. También la gozaba cazando y criando toda clase de bichos, desde mantis religiosas, hasta gorriones caídos de algún nido o gatitos que habían sido arrojados al cauce seco del Ribota.

Todo tenía sabor y lo vivía con espontánea intensidad. En casa no había televisión ni radio, ni falta que me hacía, pues apenas entraba en ella.

Para mi sorpresa, hoy la meta de mi vida es recuperar aquella libertad que todo lo fiaba al minuto presente. Disfrutar del rojo del atardecer; de una conversación que no discurra al dictado de los telediarios; de no saber y preguntar sin pudor; toparme con Dios al coronar cada cima, sintiendo su presencia casi física; ver en la ropa manchada la señal inconfundible de un día divertido; saborear un polo como si fuera el más exquisito manjar; complacerme en la maravilla formidable de un grillo; curar todas las heridas con saliva y besos; olvidar cualquier enfado antes de cinco minutos porque hay que emplear las energías en cosas más importantes y divertidas; en definitiva, como cantaban Los Secretos, hoy sueño con volver a ser un niño, aquel niño que soñaba.

viernes, 13 de agosto de 2010

Cuando la ética no puede entrar en clase de Ética


Estos días he tenido la fortuna de conocer a un matrimonio muy particular. Para empezar he de señalar que los esposos no tienen un hijo, eso acarrea mucha responsabilidad; ni dos, que es muy caro; ni tres, que es un saco sin fondo; sino que tienen ocho (el menor de pocos meses), lo cual es literalmente ruinoso. Sobre todo para dos "curritos" como ellos, que no proceden de "familias bien".

Es decir, que no están a dos velas de manera accidental, sino conscientemente crónica.

Pero la cosa no queda ahí. La hija mayor ha tenido este año entre sus asignaturas la famosa Educación para la Ciudadanía (EpC). En su colegio tranquilizaron a los padres asegurándoles que la citada materia se maquillaría, de modo que nada pernicioso se diera en clase. Pero S y P, que más o menos así se llaman los esposos a los que me estoy refiriendo, por si no tenían bastante con preocuparse de sus ocho hijos y de su famélica cuenta corriente, se pusieron a pensar en los otros niños que no van al mismo colegio que su hija, y que por tanto no están "blindados" frente a una asignatura que imparte contenidos perversos. Así que por amor a esos otros niños, no se les ha ocurrido otra cosa que atarse los machos, mirar al cielo y objetar a la asignatura.

Si ya de por sí daban el cante en el colegio con tanto churumbel, ahora, muy a su pesar, se han convertido en auténticos inadaptados.
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Para colmo, quien imparte la asignatura es el profesor de Ética, que resulta ser el "profe guay" del centro, y la muchacha ha de abandonar solitaria el aula a la vista de todos sus compañeros.
Hay más. A la hija le han quedado otras 2 asignaturas; y como 2+1 son 3, y 3 es igual a repetir curso, no acudir a EpC le puede suponer abandonar definitivamente a sus compañeros de estudios.
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¿Es eso todo? Pues no, que hay más: Meterse en este fregado les está costando a S y P una pasta. Se han visto inmersos en una serie de juicios que les llevan de gira por distintos tribunales, escalando de una instancia a otra, mientras en cada escalón van dejando un reguero creciente de euros.
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¿Dónde acabará esta escalada? Muy probablemente en el cielo, pero antes de llegar allí espero de todo corazón que se les haga justicia y, como mínimo, se les reconozca a ellos y a todos los padres el derecho a objetar a la citada asignatura de adoctrinamiento ideológico.
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Lo más curioso es que seguir un comportamiento ético conlleva que su hija ha de quedarse fuera de la clase que imparte el profesor de Ética. Es decir, que la actitud ética es expulsada a fuerza de coherencia de una clase pretendidamente moralizante. Ironías de la vida.